viernes, 5 de febrero de 2010

TÉ VERDE

Todo el día he traído en el cuerpo el sabor del té verde, un verde modernista, ambiguo y definido, cristalino en su negrura; y me figuro un haiku de tablada, me lo imagino, lo creo: de té es el verde del espasmo y la rabia de la calma.

Bulle desde mi lengua un hervor asiático de honor y de tragedia, seppuku de sangre serena que se eleva en bruma y en follaje; y un trueno verde velardiano lorea en la laguna en que amantes esperan dos labios desnudados.

Un fauno de cuernos hondos y de mirar versada arde en los vapores en que una lengua incendia su violeta de memorias. La espera. La espera —siente el fauno—y llora sangre y deseo desbordando las aguas de la taza, asentando en el plato una tristeza carcelaria; y el dedo sobre la porcelana una tras otra las olas va elevando y la cuchara zozobra y es un espejo cóncavo de lágrimas.

Y Leda, Leda es otro nombre del abandono; pero una negra como un bloque de sombra, gorda, fea y desnalgada llega con la cuenta; y yo, sin mirarla, sé que espera como los labios, como el fauno, como la lengua, como los dedos, como yo que apuro el último trago de la taza.