Es difícil escribir en estos días, el alcohol ha entumecido un poco mis dedos, me duele teclear; o ¿será
porque las letras vienen de la tortura de pensarlas? Pero qué importancia puede tener la causa. La cerveza tiene la gracia de hacerme sonreír, de sacarme el alma con cada idiotez que digo,
porque hablo para alguien más, porque estoy partiendo el pan con los amigos.
Hay menos tiempo para la escritura, sí, pero eso poco importa, no me veo encerrado en un cuarto escribiendo todo el día. Además, quién puede escribir desde un centro, desde el equilibrio, desde la redondez fugaz de la felicidad que es como me siento ahora.
Hay menos tiempo para la escritura, sí, pero eso poco importa, no me veo encerrado en un cuarto escribiendo todo el día. Además, quién puede escribir desde un centro, desde el equilibrio, desde la redondez fugaz de la felicidad que es como me siento ahora.
En
estos días no me he podido quejar de nada, ni siquiera de no haber tenido sexo
en una semana –hay cosas inevitables y es mejor creer en ello para no ser un
total amargado o un suicida. Hemos celebrado bastante –y lo pongo en plural
porque un festejo no puede darse en soledad. Hemos hablado, hemos compartido,
“hemos” –¡qué palabra más hermosa y sin sentido fijo, sin una ruta marcada!
Pero
nunca es suficiente, prueba de ello es la razón de buscar cualquier motivo, por
más pinche que sea, para hacer llamadas o crear un evento y abrir una o varias
botellas. Aunque, a veces siento que sólo levantamos las copas para
valentonarnos un poco ante la muerte y la tristeza y el cansancio que siempre
están allí al lado nuestro, en esa silla que nunca se pone; o tal vez estén
atrás de la nuestra para quitarla en el momento en que, con la sonrisa en el
cuerpo, nos disponemos a sentarnos, a relajar los músculos, a bajar la defensa
y el odio y el miedo por unas cuantas horas.
¿Es
un simulacro todo esto? ¿Es una representación –por muy buena que sea– decir
salud, chocar los tarros? Quizá. Aunque no importa realmente. El engaño o esa
utopía es necesaria. Sabemos que termina con el desastre de los vasos vacíos,
con el departamento del amigo destrozado o las puertas del bar completamente
cerradas.
A
veces, si la Suerte está de buenas, nos deja ir con unos besos y un hotel y
un desgarrar de sombras para, al día siguiente, ir recogiendo pedazo a pedazo
lo que queda de nosotros y salir hacia los hielos del día, calle abajo –siempre
calle abajo– con la carga del cuerpo intentando subir una y otra vez esa cuesta –que es la misma siempre– sin lograrlo nunca, mientras volvemos a
apretar la guardia y la desconfianza ante los demás, ante el frío y el trabajo
para buscar el pan y poder nuevamente cortarlo con el filo alegre de todos esos
canallas que llamamos hermanos.
Porque
vaya, la amistad –como ya lo he dicho antes– es un sacrificio y pesa y duele y cercena,
pero es necesaria, vital para no cansarnos de ser hombres y porque hace posible
habitar ciertos bares y lupanares de nuestra cabeza, tapizarlos de una manera
en que la locura pueda hablar de un modo más o menos articulada con ese otro
que está dispuesto a chocar su tarro sin hacer demasiadas preguntas, porque
muchas ya las sabe o lo que es peor, conoce la respuesta antes que nosotros y
por eso, en secreto, a veces le tenemos coraje, envidia y un amor de cortinas
hacia dentro.
La
fraternidad resguarda el equilibrio interno y externo que parece devorarnos,
negarnos entre tanta ropa, autos, casas, celulares, dinero y dinero y dinero –y
a pesar de todo me gustaría tener el suficiente para poder dedicarme
completamente a leer, a escribir, a coger y a recrearme con la amistad y así
poder mamar un poco de felicidad de vez en vez.
Porque
sí, la Felicidad es avara y voluble, llega con el vestido raído o austeramente,
en una sonrisa o en unas palabras que en apariencia nada significan y sin
embargo derraman el universo en nosotros. Jamás viene con pompas, ni con
séquito. Se consume rápido, arde como la vela y, como su flama, es evanescente
y clara, su sustancia se esfuma si no la apretamos a nuestra carne, si no nos
quemamos y ardemos y nos consumimos, porque la alegría tiene un precio y no hay
más pago que nuestro ser; porque
su propio núcleo requiere un cuerpo en donde encarnarse para encender
todos sus fuegos, para inflamar nuestras venas y nuestros sentidos y aguzar
–aunque precariamente– la esperanza en el futuro y teñir el deslavado presente
quizá por unos días, por breves horas o algunos minutos, quién lo sabe.
La
felicidad no se define, está más cerca o más lejos de nosotros en tanto estemos
más cerca o más lejos de nosotros mismos, aunque a veces es el azar quien la
impone y si no se aprovecha en el momento en que llega, ésta nos dará la
espalda, nos dejará más desdichados que antes porque sabremos que pudimos
tenerla –como esa mujer que nos sonríe desde aquel asiento del metro y nosotros
nos quedamos petrificados de amor y de miedo: Perseos vencidos. Pues la
felicidad no llama dos veces, a veces ni toca; otras, está sobre nosotros y si no
la apretamos fuerte, si no la codiciamos, si no luchamos por hacerla nuestra se
irá. Aunque, y aquí va el secreto, la felicidad es un desasirse, un
desprendimiento, una voluptuosidad ente todo; y por ello, una de las formas más
sencillas de sentarla con nosotros, para que sea ella quien reparta el pan y
escancie las bebidas, es por medio de esos gañanes que tanto se parecen y se
contrastan con nosotros mismos y levantan sus copas y piden un “salud”. Y nadie,
en este mundo o en cualquier otro, debe negar nunca, pero nunca un “salud”.