I
He aprendido una lección valiosísima mientras me
cortaban el pelo. La seriedad. Ésta está estrechamente relacionada con el
oficio, con la profesión; y parece que con cada uno de los actos de nuestra
vida. Sin ésta, la carrera, el trabajo que practicamos pierde peso, sustancia.
Porque nadie nos respetará si no
actuamos con ese aire de saberlo todo y de estar seguro de ello y demostrarlo
con un adecuado tono de voz, sin dudas y una postura acorde; o ¿a usted le
gustaría que alguien que se esté riendo o con un porte dudoso le pusiera unas
tijeras en la cabeza? ¿A alguien desaliñado lo dejaría que lo operara del riñón?,
por ejemplo. No se haga el tonto, la respuesta es negativa. Todo está en la
actitud, por más especializaciones que tenga uno sin un adecuado porte estará
fuera del mundo, condenado a ser uno más, un Gutierritos cualquiera, pero jamás
un Godínez, porque en éstos el porte, la actitud, el traje, el limonazo en el
pelo son esenciales en el buen desempeño laboral. Pero me estoy desviando
demasiado.
En los espejos frente a mí, en los que no me
veía –porque la estilista me hizo quitarme los lentes–, se reflejaban unas
desleídas figuras que estaban absortas a una voz que con total
desenfado y seguridad –y con los veintitantos años que su tono desenmascaraban– afirmaba
que en tan sólo dos años había logrado estar en la punta de los vendedores de Jabones y
demás menjurjes de belleza de la Zona Rosa y algunas otras colonias y
delegaciones que no recuerdo (intuía las bocas abiertas y en forma de “o”
de aquellos que le hacían círculo y que seguramente imaginaban un futuro parecido al suyo); pero –proseguía el muchacho– lo difícil es mantenerse. Llegar, cualquiera, pero mantenerse, sólo pocos; y
lo primero que tienen que hacer es… La estilista, que tampoco perdía letra de
la conversación, por momentos dejaba las tijeras en su libre arbitrio sobre mi
cabeza, mientras ella giraba y suspiraba sobre aquel bien peinado y acicalado
joven. Yo por mi parte, tenía que toser de vez en cuando para no perder parte
del cuero cabelludo; hasta llegó, con un gesto de enfado a ofrecerme un dulce,
que yo me negué a aceptar, por supuesto.
El especialista en belleza, después de contar en más
o menos cuarenta minutos sus logros en lo profesional, los obstáculos que tuvo que superar para estar ahora allí, a las nueve de la mañana dando una charla a jóvenes ávidos de brillar en el difícil mundo del peine y la tijera; como de narrar aquellas luchas con otros colegas, como aquel encuentro que sostuvo con el Güerejo Fru Fru de la Nápoles que vendía productos franceses; o aquel sentido episodio con su primer amor que tuvo que dejar pues no entendía su destino, su vocación de perfume y shampoo; y ser finalmente aplaudido
copiosamente por aquellos, por fin se calló, restándole importancia a su vida.
En ese momento la estilista apuró sus manos sobre mi cabeza y en cinco minutos terminó con mi corte para darle las… manos animosamente al experto en productos de belleza. Yo, como pude, agarré el espejito que se encontraba en la mesa de al lado y lo puse en mi nuca para comprobar las extasiadas mordidas de burro que me dejó; me quité la bata y –sin darle propina, faltaba más– salí, entre murmullos de reprobación, pero totalmente erguido y con la vista al frente, con el paso decidido, pues también hay que ser un profesional en el enfado. Seguí caminando pero ahora visualizando la cámara que me tomaría la foto de la Maestría en un par de horas y que seguramente sería inmortalizada por alguno de mis biógrafos futuros, contando eruditamente este pasaje que le estoy relatando, sacando algunas conclusiones filosóficas de las cuales, aunque sé que están allí, no podría hablar de ellas en estos momentos.
En ese momento la estilista apuró sus manos sobre mi cabeza y en cinco minutos terminó con mi corte para darle las… manos animosamente al experto en productos de belleza. Yo, como pude, agarré el espejito que se encontraba en la mesa de al lado y lo puse en mi nuca para comprobar las extasiadas mordidas de burro que me dejó; me quité la bata y –sin darle propina, faltaba más– salí, entre murmullos de reprobación, pero totalmente erguido y con la vista al frente, con el paso decidido, pues también hay que ser un profesional en el enfado. Seguí caminando pero ahora visualizando la cámara que me tomaría la foto de la Maestría en un par de horas y que seguramente sería inmortalizada por alguno de mis biógrafos futuros, contando eruditamente este pasaje que le estoy relatando, sacando algunas conclusiones filosóficas de las cuales, aunque sé que están allí, no podría hablar de ellas en estos momentos.
II
Algunos días después, bajo el auspicio del gremio de
limpieza del metro, ocurrió un evento parecido al de la estética. Ese día aguardaba
como siempre a mi novia –que dicho sea de paso traía una cara de haber
sostenido sin descanso al universo toda la noche y estuviera dispuesta a
arrojármelo en la cara, y que si bien yo lo merecía, me hacían dudar entre
abrazarla o sonreírle a una prudente distancia– y como es habitual en mí,
llegué temprano; entonces dos intendentes de limpieza en la estación Potrero
hablaban de cuál sería la manera más eficiente de limpiar el andén.
El de más experiencia miraba con
indulgencia al otro que lo hacia de una manera desapasionada y rebelde –como
es común a esa edad–. El señor, con el rostro en lontananza que llegaba hasta
el final del andén y posiblemente a otras líneas del metro y se cruzaban con distintos tiempos de su vida; con las manos
recargadas en el palo del trapeador que sostenían al mismo tiempo su barbilla,
hablaba de las horas pico, de la manera en que tenía que acarrear al ganado de
gente para que no caminaran por el suelo húmedo. De los escasos minutos en que
tenían para limpiar el vagón antes de que entrara una nueva manada a ensuciarlo todo; de
las jornadas maratónicas de doce horas que había realizado con una coca-cola y
una guajolota en el estómago y de los vicios y las tentaciones que tuvo que evitar en la bodega de limpieza. Y con una sonrisa amplia, después de un largo suspiro, miró a su pupilo y le dijo: pero valió la pena.
Luego, se volvió a perder en sus recuerdos y en los
ojos del púber que le delvolvían lo suyos a esa misma edad y recordaba sus brazos completamente
engarrotados de tanto pulir un piso que quizá nunca tuvo brillo, porque por más
que trataba de recordarlo o imaginarlo resplandeciente siempre se le
representaba con el mismo matiz opaco.
Cuando regreso a sí,
matemáticamente agarró el trapeador y le enseñó el modo correcto, el único, le dijo, en que se debía de deslizar. Nada de curvas, siempre rectas –le decía– y trata de no encorvarte más de lo
debido si no te saldrá joroba –continuaba–. El otro poco a poco, por el miedo a
quedar contrahecho, empezó a hacerle caso; su tutor se reía por la forma
en que paraba las nalguitas al trapear.
Yo la verdad, que me encontraba
escribiendo parte de esta entrada, no podía dejar de observarlos; quería
preguntarle al mayor que si el pino no le hacía daño, porque a mí me da alergia.
Me imagino las batallas que debe de librar el pobre, quizá a ello se deba su
cutis cacarizo y ese tic en el ceño. Pero me contuve, la verdad hay heridas que
no se deberían de volver a abrir. Además, me imaginé que se llevaba las manos a
la frente como recordando de súbito algo desagradable. La verdad es difícil
acostumbrarse a lo que uno es, a la cara que le tocó en suerte como para que
otra persona nos recuerde algunos de nuestros defectos. Mejor no preguntar nada.
Estaba tan entrado en su charla que,
sin darme cuenta del momento en que empecé a ser observado, recibí una
indirecta que me hizo pararme de súbito –bueno, con la velocidad que me
caracteriza–, pues el mayor dijo al mirarme de soslayo: …y luego hay gente que se aplasta en el
pasillo con los pantalones todos mugrosos y ni deja barrer y por más que ven el
trapeador ya sobre ellos ni se mueven. Aquí, nadie te va a agradecer lo que
haces, a los puercos les gusta vivir en el lodo, pero ni modo, es el trabajo
que nos tocó en suerte y hay que ser profesionales, tenemos que tragar,
Estiven.
Tampoco crean que me paré por ellos, ya venía otro tren y sabía que en ése debía de venir por fuerza mi novia, que llegó tres trenes después a ése y para mi sorpresa a tiempo; pero gracias a que me levanté pude sacudirme un poco la mezclilla y alisarme algunas arruguitas de la camisa, que ni notó por la poca gracia que le causaba mi rostro en ese momento. Pero, para que dejen de sufrir por este vago, les diré que todo terminó bien, afortunadamente me perdonó, quizá debido a mi profesionalismo en aceptar mis pendejadas o a la seriedad de idiota necesitado que tenía mi cara en ese momento; decida usted.
Tampoco crean que me paré por ellos, ya venía otro tren y sabía que en ése debía de venir por fuerza mi novia, que llegó tres trenes después a ése y para mi sorpresa a tiempo; pero gracias a que me levanté pude sacudirme un poco la mezclilla y alisarme algunas arruguitas de la camisa, que ni notó por la poca gracia que le causaba mi rostro en ese momento. Pero, para que dejen de sufrir por este vago, les diré que todo terminó bien, afortunadamente me perdonó, quizá debido a mi profesionalismo en aceptar mis pendejadas o a la seriedad de idiota necesitado que tenía mi cara en ese momento; decida usted.