Tengo los pies largos, planos, con callos
en cada dedo y en los talones, los dedos son gordos, flexibles, acostumbrados
al pavimento, no tanto al adoquinado; las rodillas a veces se resienten de mis
caprichos, de mi gusto por recorrer la cuidad —¿Cuántas ciudades hay en una
sola?—, de andar dos, tres, cuatro horas caminando sin descanso. El problema
radica en esta espalda que no es mía, le pertenece a cierta roca de montaña o a
esos monstruos disminuidos por su propio peso o a aquellos que pueden estar
inmóviles por una eternidad. Me duele cargar con sus omóplatos, deltoides,
trapecios, con el músculo pegado a tanta grasa…; y es que no, mi cuerpo, así lo
siente, pertenece al movimiento, lento sí, aunque sin pausas extremas. Soy un
caminante, un nómada de ciudad que disfruta de los olores de la panadería, de
los cafés, del barullo de los bares, de esas mujeres tan cerca de mis ojos
que pasan tan lejos de mi vida por la misma acera o por esos
rumbos que quizá no vuelva a pisar hasta mucho tiempo después.
No me imagino la
vida sin pisarla, tampoco sin conocer su podredumbre y tratar de esquivarla o echar
sin más ni más los pasos en pos de sus aires claros, recién lavados, como un
cuello y unos senos recién salidos de la regadera. Me gusta abrir calles por
azar, es como echar una mirada a un salón de clases en la facultad o aventar el
anzuelo de los ojos en el transporte público tratando de pescar unas piernas,
un escote, el agobio de una silueta o el caos contenido de unos labios.
Así mismo surgen
las ideas, los pensamientos —sin importar su desnutrición—, las conversaciones,
la amistad —no sé si el amor; el deseo no, seguro que no—. Hay que empezar de
calle a calle, ir arrojando miradas, tactos, sonrisas al vacío y ver dónde
caerán, si es que lo hacen.
La palabra también
es un caminante; no un maratonista, no un marchista, porque la prisa no le va a
la cabeza, el pensamiento necesita de grandes bocanadas de aire, lentas, muy
lentas; sentir el aire avivando los pulmones, inflamando letra a letra las
ideas, y después irlas exhalando a su tiempo, a su ritmo de tortuga y caracol,
en su propio orden, aunque éste no exista.
El hombre de
espíritu nómada no anda sobre un circuito fijo, goza de los laberintos
arquitectónicos —¿Qué ciudad no es uno?— y mentales, porque ha visto en el
perderse un placer muy cercano al de la libertad, al de la caída. El caminante
y el pensador son seres perversos porque van en contra de la premura del tiempo,
de la misma vida, del hombre y su progreso que corren sin motivo, pero apresurándose
siempre hacia una meta, la que sea; por ello el maratón me es desagradable,
porque encierra un destino fijo, se fustiga al cuerpo hasta el cansancio para
llegar a un punto determinado en el menor tiempo posible, y así, ganarse, de
nueva cuenta, el reposo inicial y el orgullo de haber domeñado músculos, huesos
y tendones; venciendo las limitantes físicas por medio de la terquedad, de
desmañanarse todos los días para dar vueltas y vueltas en un parque como burros
de noria, sin notar nada más que el reloj, ese reloj que sin necesidad de verlo
lo tenemos presente ante el espejo que nos mira y que en silencio nos interroga.
El reposo no se gana corriendo en pos de él, al contrario, éste se construye
con lentitudes, a destiempos, con retazos y olvidos y monedas de recuerdos
halladas por azar.
El corredor no ve
a su alrededor, es un flecha apuntada a la Diana, es el símbolo de la terquedad
del hombre, es el intento de superación fracasado porque quiere de par al
tiempo, luchar contra él, superarlo; y si lo hiciera, ¿qué encontraría?, ¿qué
hay más allá del tiempo, y por lo tanto del hombre? ¿Para qué apurar el
destino, para qué ir en contra de lo irremediable?, ¿cuál es el afán de correr
contra reloj, de llegar a una meta si bastante tenemos con saberla allí,
esperándonos en el último día de nuestras vidas? Es el fin quien nos alcanza;
somos la liebre, nunca el cazador.
El verdadero caminante
se extravía en la vida porque está harto de tener una ruta preestablecida,
porque necesita encontrar algo más, algo que ni siquiera sabe que busca. El que
goza de la pérdida de sí, aquel que ve en la oscuridad una puerta o una trompa
de elefante es aquel que ha encontrado otro espacio y otro tiempo que difieren
del que le han dado sus semejantes. Es allí donde tropieza con el suyo propio, con
ese jardín cerrado, ese círculo infinito que le devuelve otro rostro de sí
mismo en cada visita, y a la vez le muestra aquello que no se puede expresar
con palabras sin caer en el error y la torpeza, eso que siempre está del otro
lado del espejo.
El que anda por
mera diversión y el pensador —cualquier artista lo es— son escritores de
caminos, seres perdidos en las sombras y en las claridades del mundo pero, al
mismo tiempo, son sus intérpretes más fieles, porque les impele un deseo que es
caos, por tanto movimiento, inspiración, revelación, creación bruta, todo y a
la vez nada.
Ser uno ante el
misterio y ante la nada, es ser uno con el mundo, con las piedras de los
edificios, con las estructuras de los árboles y con el ramaje que tejen los
animales; es ser más allá del cuerpo y en el cuerpo, tiempo y no tiempo; vida y
muerte; y sobre todo deseo y amor, que no es otra cosa que ser, que estar
siendo.