Quisiera
no ser tan chillón y no puedo, y es que muchas veces las palabras tienen, no la
forma, sino el sentido del llanto, la atmósfera de la impotencia y de la
desgracia. Pero a la hora de leer es el llanto el que mana de la palabra “dolor”
o “derrumbe”, de esos recuerdos y memorias engarzados en una estructura
literaria, en unos cuantos versos donde trato que la realidad encuentre sus
fragmentos, su casa, un cuarto propio donde la desmemoria no nos persiga.
Precisamente el llanto me vino en la
lectura de un poema que escribí sobre el terremoto que asoló mi país en la FIL
de Monterrey; y es que no puedo pensar en México de forma complaciente, no
puedo ver un país dichoso, una tierra de oportunidades: feminicidios,
narcotráfico, impunidad, sobornos. La fractura va de península a península,
cada día se renueva la violencia, la tragedia nos cae del cielo, salimos de los
escombros para vivir un día más y un día más.
Tengo que disculparme con la UANL, con Antonio Ramos, con
Jessica Nieto, con Christian, con Xóchitl Leija y Lorena Contreras y tantas
personas que intentan día con día construir y reconstruir con su labor
editorial la decencia, la libertad y sobre todo el espíritu del hombre, y en
particular, del mexicano. Perdón por mi lectura apretada a los intestinos, por
no soportar el golpe del vivir de pie, por la rabia y dolor que todos compartimos.
El dolor es único, pero nadie deja de sentirlo.
Pero al mismo tiempo, agradezco la oportunidad de participar
en la colección Ínsula, un templo donde la carne, la locura y la muerte se
hermanan con el trabajo intelectual, reflexivo y racional del hombre.
Son dos polos por los que transita el arte: la carne y el
espíritu, la razón y la irracionalidad, lo terreno y lo sagrado, la revelación y
el misterio. Oscilar entre uno y otro es el destino de toda la experiencia
humana, de toda Ínsula, de toda editorial que lucha día con día con ofrecer al
hombre un mundo que le permita trascender su propia experiencia, reflexionar sobre
la vida, buscar una salida a los derrumbes interiores, a las ráfagas de odio, a
la violencia que no se calma con palabras pero tiene que empezar en la palabra
el cambio de pensamiento, la mansedumbre de la sangre.
La empatía con el otro se establece al identificarnos con él,
precisamos del diálogo en este mundo donde la soledad es atroz, es de vital importancia vernos reflejados en
los espejos de la literatura para ver que Hiram Barrios, Vidal Medina, Alfonso
Reyes, Sergio Loo, Edith Mora, Julieta Gamboa, Xitlally Rivero ―todos ellos escritores de la colección
Ínsula― guardan en sus cristales un fragmento de
nosotros mismos y otro que espera ser puente, ser abrazo. Gracias por abrir la
puerta a escritores y lectores, por hacer de los cuadernillos una sala
familiar, una charla íntima entre dos seres que están por conocerse.
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