La taza está muy fría, tanto que siento cómo mis dedos se quedan pegados a la porcelana. Hago el esfuerzo por
separarlos, por arrancarlos de allí. Se quiebran, siento el crujido, pero
no me duele, como si mi cuerpo no fuera más mi cuerpo. Veo las falanges
partidas como troncos, los huesos congelados, la sangre coagulada, ni roja ni
negra, azul, de un azul de cuento, de leyenda nórdica, de bosque en invierno y
de sombras y de lobos con una tela roja y triste entre las fauces.
Me miro la mano cercenada, después
contemplo los trozos de carne que no pude separar de la taza, ya parte de ella,
se me figuran que son una especie de garra semiinvisible apretando el seno de
alguna princesa. ¿Estará igual de frío? y ¿sus pezones tendrán la agudeza y los
tizones necesarios para calentar este día de diciembre?
Pero todo eso qué importa si ahora
no siento, ya no digamos mi mano, sino el cuerpo. ¿Dónde ha quedado? Pero
pienso que no soy únicamente yo, no hay peso en nada, todo parece flotar como el
polvo y ser polvo.
Dejarse ir, eso es la vida, no
forzar los párpados ni los músculos, sin resistencia los esfínteres, que todo
se diluya, que salga y sea la bandera esta indolencia por dejar de ser, atrás
quedó la afirmación ante el mundo y los otros. Atrás nosotros mismos.
Los sentidos están anestesiados,
pero ya sería infame prender la televisión, con los ruidos de mi carne basta
por ahora. Arranco la última falange de la porcelana, pongo las cinco sobre una
servilleta y de pronto mis tripas me traicionan y tengo miedo de que la gula me
haga atragantarme de mí mismo. Las envuelvo y trato de distraerme con el ruido
en mi cabeza. Siento el aire penetrando en mi cerebro y moviendo la moneda, la
pequeñísima moneda de cobre que va golpeando cada una de las conexiones de mi
cerebro, rompiéndolas o haciéndolas vibrar, tratando de encender la máquina por
cinco minutos, el cochecito rojo donde un niño se transforma en adulto al
conducir rumbo al trabajo; o al montar en el caballo que de pronto cobra vida y
el chamaco estira las pistolas de sus manos hacia el antifaz del ladrón, de ese
ser que todas las noches le roba la tranquilidad, pero sin saberlo le deja
disfrutar unos minutos más de la infancia.
El cansancio hace mucho que me ha
endurecido los juegos y ya nada se mueve. No importa qué rápido avance el
tiempo, nunca podremos seguir su ritmo. Todos los días alguien aprieta nuestros
tobillos y los jala hacia la tierra, hacia el fin. No rumbo al descanso, porque
el descanso es una sensación física y anímica y la muerte está descarnada y
curada de cualquier rastro de humanidad.
Le falta oxígeno a mis palabras, les
faltan los gestos de mis manos, el arco de mis cejas para poder vivir, ¿qué
palabra tan puta y tan totalizante? ¿Y para qué? ¿Ser presente, diálogo?, ¿con
quién? Con mi sombra al menos, sí, con mi sombra y que eso me baste…
La fatiga es demasiada, estos
billetes que tengo los he sufrido minuto a minuto y aun así sonrío ante la
inminencia de la quincena que me abrirá la oferta de deudas, de un buen fin de
horas extras.
Ya debí de haber aprendido que el
saldo siempre termina en números rojos, la vida siempre termina en números
rojos, la carne, nuestras manos, los dedos, la noche, el descanso, el deseo, la
felicidad siempre terminan en números rojos.
Siento mis bolsillos enfermos,
enjutos –esta palabra cómo me lleva hacia los pueblos o el llanto o el hambre
de mi país, a su cultura, hacia esas lenguas que no conozco y me enriquecen con
la gratuidad de sus voces, de historias que quizá escuché de niño y aún ahora
siguen cabalgando por este aire enflaquecido y pobre; pero también esa palabra
me arrastra hacia las novelas de Dickens abriendo cada una de las orfandades
que cargo y me hacen sentir el frío en todo, sobre todo cuando tengo la risa
dispuesta en la mesa.
Mi cartera necesita un poco de amor
y mi boca demasiada cultura, humanidad, aliento, pero, cómo comunicarme si a
mis palabras les falta ritmo y locura, les faltan deseos de salir, de decir
algo, de gritar algo, lo que sea.
Pero vaya, ¡en qué estoy pensando!
¿Humanidad?, ¿cultura? ¿Hoy? ¿Cómo ir en contra de mi época?, ¿cómo sobrevivir
a pesar del tiempo que me tocó vivir? Sí, es una utopía, lo sé, ¿en qué periodo
de la Historia ha importado el arte?, ¿en cuál ha sido moneda corriente para
todos? Pero no entiendo o no quiero comprender cómo alguien puede querer vivir
así, amputado, deformándose día a día en algo inarticulado, deshebrado. Cómo es
posible que alguien se niegue a ser, porque no sé para qué puede servir pensar
si no es para ser, al menos para tratar de…
Yo no creo que primero sea el
pensamiento, pero sí que la existencia se va enriqueciendo de éste y éste a su
vez del vivir, de ver las cosas y así, irlas tejiendo para poder entenderlas
mejor cada día, para abrigarnos con ellas. El lenguaje es el que nos permite
trazar nuevas aristas en lo que antes sólo era un esbozo. Son las palabras las
que le dan su voluptuosidad al cuerpo, al otro, al deseo, a uno mismo.
Abro los libros de texto que les
hacen comprar a mis alumnos y sangro. Los cierro. Me duele la sombra del
sillón, las ausencias de la mesa, la falta de letras para decir esto que no
puedo decir y que necesito vomitar ahora para curarme de este veneno de
realidad.
Tiemblo, de pronto suenan todos los
despertadores del mundo. Me pongo el saco de ayer, la mancha sobre la camisa es
una especie de sonrisa, una bandera que ondeo ante tanta solemnidad pendeja,
porque el conocimiento y el respeto no vienen con un traje o del dinero; y que
se chinguen los que se tengan que chingar, que yo hoy me visto de Sancho y esta
ínsula es mía, porque un loco me la dio en pago de mi cordura.
Tomo los malos libros de texto que
les exigen a mis alumnos, qué enjutos y congelados y cercenados se ven allí
Unamuno y Azorín, Machado y… ya ni hablar del de Literatura Mexicana y de este
títere que se levanta, abre la puerta y tiene que basarse en esos enjutos
textos para dar su clase, para preparar a sus alumnos para un examen hecho por
una entidad desconocida y que como un dios malparido pretende que todos los docentes
–no merecemos la palabra maestro– tengan los mismos conocimientos y deficiencias
y digan un discurso ordenado pero sin sentido, sin vitalidad, y lo que es peor,
hecho con las patas.
Cómo es posible normar la cultura, el
arte si estos son entidades orgánicas, vivas, son hidras de mil cabezas. Son el
cúmulo de un pueblo que no muere porque sigue dialogando con nosotros; ¡cómo
chingados tener una sola definición de Garcilaso o de Góngora, de Baudelaire o de
Keats, de Muñoz Molina o Juan Marsé, de Julio Torri y Alfonso Reyes! Un ser
humano va mutando, vive, piensa y si es artista aprehende el mundo de diferente
forma con el paso de las horas, a lo largo de su vida va acentuando unas obsesiones y otras dejarán de torturarlo.
Desafortunadamente la vida
académica de la preparatoria y por desgracia, muchas veces de la universidad,
se reducen a un pinchurriento examen o a un ensayo tan tieso que es imposible
reconocer la volubilidad de lo que es la esencia misma de un ensayo.
¿Qué son una enumeración de nombres
y de fechas y de obras que dejan fuera el verdadero valor del conocimiento?, ¿Cómo
encontrar en ello el goce de adquirirlo, de paladearlo, de sentirlo?, porque el
arte se siente, aun por el conducto de la razón éste pasará inexorablemente por
los sentidos, devorándolos, haciéndolos arder, haciéndolos, eso, haciéndolos, formándolos.
Es frustrante leer de literatura sin la literatura misma.
Ustedes me disculparan por lo que
dije ayer, hoy y mañana, es mi falta de sentido ya lo ve. Quizá se deba a que
terminé pensando en la juventud y eso me hace querer llorar y las lágrimas nos
anegan, nos van fincando al cuerpo cada vez más y cuando nos damos cuenta la
mente ha quedado muy lejos, ebria y dolida de sentir. Pero, díganme, cómo
estructurar una idea si hoy por más que he tratado, he vomitado el saco y la
corbata y ni ganas de hablar de Unamuno sin Unamuno.
Hoy me gustaría quedarme encerrado
en mi casa, no doy una. Sería relajante ver a mi sombra enrojecer ante una taza
fría donde los pájaros han presentido el invierno y han emigrado a un lugar
mejor, quizá sea el momento de seguir su ejemplo y no estar cerrando la puerta
por fuera, mientras pienso que se me hace tarde para llegar a la “escuela”.
En el bolsillo de mi pantalón acaricio
la servilleta con las falanges de mi mano, quizá pueda alegar que sucedió rumbo
al trabajo y me regresen a casa.