lunes, 13 de noviembre de 2017

CLOACA D.F.


Se aglomeran, los policías esperan tras las rejas a que se junte todo, el rebaño baja a las seis de la mañana, camina perdido, en el sueño aún; abajo, más abajo de ellos mismos, de esos pasos torpes, sin ángel, entre la mierda, las agujas, las pruebas de embarazo que corren en las cloacas y las ratas, otro mundo sueña, ¿tienen derecho a ello? Un exilio de rencores y desamor exhala por las coladeras su tozudez por vivir. Su existencia y sus anhelos no los conocemos, ¿quién se atrevería a preguntar por ellos? Su alegría queda fuera de esta ciudad, libre de las rejas que pronto los policías abrirán para dejar pasar al andén de Indios Verdes a miles y miles de personas que vienen de Ecatepec y de más allá hacia la Ciudad de México.
Ellos aún duermen, no están sujetos a horarios porque nadie les daría trabajo, son apenas sombras, hedores y dolores hasta que escupen la mano hacia nuestra prisa; frustran nuestros perfumes, fruncen la ropa planchada, la seriedad del peinado y nos da miedo saber que seríamos iguales a ellos si no hubiéramos tenido suerte de nacer en una familia parcialmente desintegrada, sin grandes excesos de violencia y odios.
Es horrible mirar la sinceridad de los espejos. Giramos la cabeza, olvidamos los ojos en cualquier parte, negamos la existencia de aquel punto donde se concentra el miedo y el asco. No deberían de estar a las salidas del metro, en las plazas, en las calles; no es justo que levanten sus rostros hacia nosotros, mucho menos que acerquen su corporeidad, ese estigma, esa marca de apestados no va bien con nuestra jornada de ocho horas, con la higiene que nos exige nuestro cubículo, con el futuro que creemos posible. Su existencia es un malestar del alma, algo de ellos nos dice que el mecanismo está roto, que en alguna parte no vamos, no podemos ir a pensar en un futuro mejor cuando todos ellos nos ensucian los sentidos. ¿Es nuestra culpa? Da miedo cualquiera de las respuestas.
Intentamos imaginar un mundo mejor, de levantar una utopía a través del dinero y sus posesiones, nos matamos todos los días para que ahora ellos vengan a alterar nuestro mundo. La ciudad es nuestra, nos pertenece, la hemos hecho a nuestra imagen y semejanza: cemento, acero, smog y vidrio; pero también forjada de desperdicios: doce mil ochocientas noventa y tres toneladas de basura diaria. No hay cabida para ellos, que los niños perdidos se queden en la ciudad subterránea, en su propio cementerio; el nuestro se construye hacia arriba, rozamos el cielo con nuestra podredumbre amigable con el ambiente que termina aniquilando la flora y fauna del planeta.
¿Con qué cara llamarlos “niños de la calle”, si no soportamos su andar entre nosotros? ¿Cuitláhuac, el árbol muerto de la noche triste, los Indios Verdes y el monumento a la Raza a quiénes pertenecen? ¿No son estos monolitos condecoraciones tristes de una larga derrota, de un mundo liquidado, relegado por el Starbucks y McDonald’s?, estos sí, símbolos de nuestro tiempo, del poder adquisitivo y la masificación, de una sociedad sin paredes que no hace diferencia de credo, de orientación sexual o política, siempre y cuando se tenga el dinero y la pulcritud suficiente para pagar y estar allí, sin perturbar al otro con las perturbaciones fisiológicas propias de todo animal.  
No los queremos en la calle, a nuestro lado, codo a codo, nos desvirtúa su presencia, devalúan el monto catastral de nuestras propiedades, la higiene y pureza ―siempre de puertas hacia afuera― de nuestros barrios. No entendemos que la ciudad es más suya que nuestra, como perros la marcan, la quieren, la conocen como su cuerpo mismo, es su cuerpo: llagado, sucio, violentado, enfermo; y un perro, dice Jonathan Swift, ensucia a quienes ama. La ciudad es su madre, aceptan sus caries, sus estrías, los tumores que le crecen a diario, no la amputan en zonas rojas o barrios bravos como lo hacemos nosotros; la urbe es la perra completa, no sólo la cabeza, no sólo esos ojos que se nos graban fijamente a la espalda.
Y a pesar de todo, los hemos arrojado de ella, entran como intrusos, como las ratas suben de las coladeras, buscan un trozo de pan, esquivan las trampas, las muertes que hemos sembrado en su camino. Ejercemos el silencio en contra de ellos, arrojamos nuestros vicios en los de ellos. Vemos sólo la mugre en su piel, las liendres entre sus cabellos. Es una ficción que el agua sea gratis, que sea para todos. Son un censo de tinieblas imposibles de contabilizar, son el cochambre en la mancha urbana. Son tripas, vísceras, sangre, hedores, excreciones contra nosotros, contra estos cuerpos y estos rostros sin olores ni forma propios; vivimos en la apariencia y de la apariencia, vacíos abordamos el metro, cumplimos un horario, vacíos es la única manera de gozar la ciudad que hemos construido para nosotros, no para ellos. ¿Cuántas fuentes ha quitado el gobierno porque son utilizadas por ellos para limpiarse un poco?, ¿cuántas jardineras han sido herradas para que no se acuesten en los pastos de los parques públicos?
Camino, son las seis de la mañana, observo las coladeras, en una, el humo se eleva como en un horno de pan, me recuerda el arribo de un nuevo Papa. La urbe despierta desde adentro, desde ese doble fondo de olvido donde tiramos nuestras culpas. Y es tan blanco el humo, tan claro, imposible no verlo, pero la luz nos ciega, nos hace girar la cabeza hacia otra parte donde la ruina sea más comprensible, menos dura con nosotros.
Estoy por la Juárez, escucho en alguna parte a Led Zeppelin; Robert Plant se desgarra en la lujuria de su voz, la calle está muerta, oigo, tarareo, camino, mis piernas vibran, un calambre sube entre los muslos, agito la cabeza de un lado al otro, debajo de mis pies la música, el infierno de escalas entre los dedos de Jimmy Page. En lo profundo una orgía, una rabia, risas, alguien golpea desde abajo el techo del suelo donde estoy parado, miro hacia abajo, en la coladera: carcajadas, gemidos dentro de una oscuridad que no descubro; imagino que estiran sus manos, que agarran mis tobillos, sus dedos resbalan por mi piel entre los pantalones y los calcetines.

Dejo de moverme, no puedo continuar, miro la calle, el horizonte, los edificios, los cables eléctricos, imagino un pájaro dormido en ellos, me da vergüenza este miedo, me da vergüenza no hacer nada y no tener palabras ni cuerpo, no saber qué hacer ante ese mundo que en instantes está aquí, es, y es una verdad como el suelo que piso… Aprieto el paso hasta cruzar una cuadra y luego otra, hasta no sentir la música, hasta el olvido, hasta que el día despliegue su batallón de puestos ambulantes y marchantes. Entro a un café: “Memorias de un barista”; respiro, huele a los granos en el molino, no puedo calmarme, trituro mi corazón, la cobardía de estar aquí y no saber qué hacer conmigo mismo; busco una mesa, ordeno y me siento; en mi cabeza, en mi cuerpo: “Stairway to heaven”; escribo estas palabras con toda la vergüenza y honestidad posibles, escribo estas palabras como un deber y un recordatorio de que tengo que hacer algo, de que debo hacer algo, de que lo hago.