lunes, 11 de diciembre de 2017

CORAZÓN-LIEBRE PATAGÓNICA


                                                                                                                     a Gabriel Pacheco

A veces reconforta, no la muerte, sino la imagen que nos hacemos de ella o que otros han construido como una caricia, como ese beso en la frente de los niños que marcan las madres antes de dormir para espantar a los demonios.
A veces, una tumba es una liebre patagónica que nos libera, un claro de luz para descansar el infierno de todos los días, para reencontrarnos con el dolor de la infancia y  hacer de la pérdida irreconciliable que deja la muerte un abecedario de cabellos azules para poder conjurarla al nombrarla, para dejar de temerla: “yo te salvo si me escuchas”, decía Bonifaz Nuño; pero también, uno se salva al contemplar una pestaña de luz, una mano horadando en sus propias sombras, un perfil que se ha salvado del desastre, de la pérdida irrecuperable de sí mismo porque ha sabido cavar en el amor, ese animalillo a veces manso que nos lame las manos para curar las heridas que siempre están allí, abiertas, porque uno no existe lejos de su propia memoria y de unos cuantos nombres que han trazado el destino de nuestras manos.
El amor es un cuerpo apenas cubierto, es deslumbramiento en el derrumbe, es una cobija parda como nosotros mismos, como nuestra propia mirada ante el amor. Es una pared y una imagen laceradas por el tiempo y los errores que florecieron benditos y así maltrechos nos resguardan y nos revelan un instante de calma, “un golfo de sombras” para nosotros solos, para ahondarnos en un dolor que fortifica porque es creación, vida, no inmovilidad.
            Ni la palabra ni la mirada se están quietas nunca; en un cuerpo que espera, en un silencio indeciso, y sobre todo en la muerte, hay movimiento. Al artista se le concede la gracia de entender o intuir esa perturbación interior y así ayudarnos a conjurar nuestros propios demonios, pero sobre todo, a los suyos propios.

Somos islas habitadas por otros, Polifemos de rebaños intranquilos, hombres que esperan ante una tumba la altura de su propio milagro.