jueves, 9 de febrero de 2012

JENRUCHITO



Hoy desperté en el suelo. Últimamente me he hecho a la idea de buscar una nueva cama. La mía, al ser individual, no es apta para dos personas, mucho menos si se comparte con un elefante. Desgraciadamente, una más grande no cabe en mi cuarto. Pero no los he puesto en antecedentes, ustedes perdonen.
Hace tiempo –el seis de enero para ser exactos– llegó –junto con una discografía de Nina Simone que cantaba grave y heridamente contra la ley SOPA– un elefante. Causaba sorpresa, sí, pero ya estoy acostumbrado a este tipo de incoherencias en mi vida.
Al principio no sobrepasaba mi cintura. Era como un perrito faldero, me seguía a todos lados, me movía la colita y ponía su trompa entre mis manos, olisqueándolas, buscando la sal que me sobraba de los cacahuates o algunos rastros de manzana.
Le puse Jenruchito porque –mea culpa– estaba demasiado consentido, además se daba a querer, no podrían culparme si lo vieran. Lo que yo no vi al principio –y ahora me lamento– era una carta que decía que el elefante no era mío. Pero fue demasiado tarde cuando la leí, ya me había encariñado demasiado.
Jenruchito me seguía a todos lados, sobre todo al baño –pienso que quizá, en cierto sentido, al estar desnudo, descubría un extraño parecido entre nosotros. Un día que me estaba bañando, vi la sombra de su trompa detrás de la cortina y me asusté, pensé que era una serpiente que se iba acercando poco a poco. Mi miedo a las víboras me hizo salir a toda prisa, me tropecé en la puerta del baño, se me cayó la toalla –ni pensar recogerla–, y corrí desnudo hasta la sala.
Para mi mala suerte había visitas y hacía frío. Su paso lento y armonioso –al salir del baño– contrastaba con el bochorno y las risas –muy mal disimuladas de los presentes. Al verme con las manos en la entrepierna, me sonrió, urdió un ruido como de trompeta destemplada y corrió hacia mí e hizo un movimiento con la trompa para olfatear mis dedos, que me hizo recordar aún más mi miseria.
Pero aparte de ese tipo de pequeñas vergüenzas y de lo incómodo que es dormir con él –sobre todo cuando le empiezan a salir los colmillos, pues tengo que ponerle unos corchos enormes y por si fuera poco, no se está quieto y siempre me destapa. Tuve que coser seis cobijas juntas para no pasar frío.– le he tomado verdadero cariño.
Mi cartera –claro– no es la misma, no me imagino lo que sería de mí si tuviera novia, además ya escucho el: “o el elefante o yo”; y ni pensar escoger, siempre he sido muy desidioso, además no podría dejar desamparado a Jenruchito y con lo que come…
Le encantan las sandías y las manzanas. Una vez tuve la inconsciencia de llevarlo al mercado. Tuvimos que trabajar los dos para pagar la cuenta de los puestos de fruta que devoró. Ese día, perdí el apetito.
Cuando vamos al parque le gusta estar donde hay muchos niños o perros, pero sobre todo busca al globero. No me puedo descuidar ni un segundo, porque me he llevado algunas desagradables sorpresas, como aquella vez que tronó todo un ramo de globos y la verdad no sabía dónde meter la cabeza.
Allí, tengo que aceptarlo, negué que conocía a Jenruchito; le enseñé al globero la carta que me dejaron –y que tanto me ha torturado porque no quiero entregarlo– donde decía que él no era mío, que si a alguien le debía de cobrar sería a esa persona que señalaba el remitente y que por lógica no era yo. ¿Qué podía hacer?, la verdad son tiempos difíciles y más para una persona y su elefante.
Con el tiempo, me di cuenta que le gustaban sobre todo los globos rojos y azules, así que le compro dos y se los amarro en cada cuerno, así el globero –en apariencia– y yo   –disimulando bastante mal– estamos tranquilos.
Quizá a Jenruchito le gusta ver su cara más redonda de lo normal reflejada en ellos o sienta felicidad de ver a otro como él, aunque de un color distinto. Sé que está contento porque empieza a correr por todo el parque y hacer ese ruido que se asemeja mucho a una buena carcajada.
Cuando veo que no hay ningún peligro, y puedo estar en paz unos momentos, me dan ganas de fumarme un cigarrillo. Al principio, no sabía por qué, nunca me ha llamado la atención ese vicio. Presiento que fue a raíz de traer para arriba y para abajo esa carta –llena de manchas de nicotina, café y olor a tabaco– que no me deja dormir y que amenaza con llevarse mi felicidad o lo que sea que ese bodoque trajo a mi vida.
La letra es muy femenina. A Jenruchito le gusta olfatear la carta –aunque nunca le he mostrado su contenido. Hace un ruido raro cada vez que la huele, como si pronunciara el nombre de aquella persona y el cual no mencionaré, porque ahorita, sobre mi hombro, está Jenruchito leyendo y no quiero sentirme con más remordimientos de los que ya tengo. Pero bueno, ya basta de desahogo. No puedo escribir más por el momento. Además, pesa demasiado para seguir soportando su peso sobre mis hombros… 

2 comentarios:

  1. No ma, vago. Es una gran entrada, con mucha desenvoltura narrativa e imaginativa, se lee fácil y de corridito. Con un toque de humor (salvo lo del parecido) que no te conocía. Igual y la puedo votar entre mis favoritas, hehehe!

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  2. Excelente entrada, felicitaciones, me resuktó muy amena esta lectura.

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