domingo, 27 de abril de 2014

El RESUCITADO


Ha sido una semana difícil, una de ésas en que ni el grito sale, en que se queda amachado en la garganta como una bola de polvo hecha costra, imposible de tragar ni con dos litros de agua, ni con los mejores consuelos, vaya, con nada; pero la cereza del pastel fue que me atropellaron, afortunadamente resucité, lo malo que al no ser un Perceval o un Gawain o el hijo bastardo de alguna divinidad no resurgí con un conocimiento o bienes mayores de los ya poseídos; de hecho, de mis cenizas caí directamente sobre el pavimento mojado, menos deshecho afortunadamente que mi paraguas, pero con un dolor de cadera y espalda baja que al carecer de nalgas se fue prolongando por toda la cortedad de mis piernas. Con tal que quedé un poco contrahecho y sin las facultades de un Hefestos o el poder de una paticabriza deidad.
El hijo de la chingada que me atropelló -perdonen el vocabulario-, como caballero que desmonta a un simple escudero, no, ¡qué caballero ni qué la chingada!, como verdadero hijo de puta que fue, sin inmutarse me aventó la lámina del auto, y digo que sin inmutarse porque vi cómo me miraba justo en el momento en que me amoldaba su desinterés por la humanidad.

Después, no sentí nada, pasó quizá un instante o un siglo y entonces renací en medio de la avenida,  bebiendo el agua, el lodo, la noche y los meados de los perros que se mezclaban en mi boca. Me toqué lentamente la panza buscando el reguero de tripas, pero nada, la carne seguía fofa pero entera, doliente pero viva. Cuando mis ojos empezaron a enfocar las cosas, de mi vida pasada sólo vi el humo de aquel escape que ardía enloquecido por los no sé cuántos cientos de caballos  de fuerza que aquel idiota había tratado de incrustar en mi destino antes de desaparecer del mismo.

Cegado por la lluvia y por el miedo como pude fui reptando de la avenida hasta la banqueta más cercana, y en ese arrastre de dolencias, en esos minutos en que me hacía a la idea de que esa cosa arrumbada en la banqueta era yo mismo ni una sola alma se acomidió siquiera a preguntarme si estaba bien, si no había quedado pendejo o tullido. De un momento a otro el mundo se vació, el silencio fue la primera respuesta a mis quejidos.

Después de gemir un poco –digo, nunca he tenido un talante heroico-,  junté poco a poco mis huesos y empecé a tocarme por entero, a moverme lentamente para comprobar si todo seguía en su sitio. No tiene caso describir las minucias del dolor, digo, al no haber sangre o huesos expuestos para qué torturar a las palabras.

Total, después de validar mis baldadas rodillas y recoger el girón de paraguas y esa tabla de náufrago que es mi mochila, me fui sosteniendo del miedo para salir de allí y llegar a casa, al coto de humanidad que me impulsaba a seguir enrabiado a este mundo; necesitaba conmiseración, que alguien se condoliera de mí y me ayudara a levantarme de las profundidades en que me encontraba, porque no importaban los pasos que daba, la distancia que iba imponiendo entre el pasado y este pozo de presente, yo seguía allí, amarrado a repetir ese instante en que un auto me pasaba por encima.

Una y otra vez revivía ese momento y esa mirada que me machacaba los huesos; una y otra vez el dolor mordía con más furia, cada vez me clavaba con más saña sus cuernos en la garganta, en el incipiente llanto que no podía permitir que saliese, no podía porque hubiera sido claudicar de mí mismo, claudicar de esas boronas de pasos que lentamente luchaban por llegar al hogar; sería aceptar que ya no tenía esperanzas en este mundo, que la gente toda estaba podrida, que la bondad se resumía en una mirada que clava un cuchillo sin perder el pulso ni variar la expresión del rostro.

 Muro a muro me fui sosteniendo en cosas que no podía asir: la literatura -pensé mucho en Onetti y en Bonifaz Nuño-, el pasado, la música que se quedó en el suelo con parte de mí mismo; pero muro a muro también crecía la convicción de que la humanidad era una porquería, muro a muro quería cerrar los ojos a todos y a todo, pero el miedo me crecía por dentro, el miedo esta vez era una obligación a la vida, una necesidad de abrir los ojos para impedir que otro imbécil me quisiera matar por mero divertimento.

La vida es una raíz muy terca, en esos momentos se me enredaba a los huesos, fustigaba el aliento a su precisión de pistón insomne, a ese movimiento de llama lúcida que nos va caldeando e hinchando los músculos, las ganas de jalar todos los olores del mundo hacia dentro de nuestro pecho.

Respiré, respiré muy fuerte hasta sentir un tirón en las costillas, quería ahogarme de todo el universo, de mi barrio, de todas esas querencias muertas que ahora rejuvenecían en una concordia de memorias; respiré como si fuese la primera vez, como si fuese la última, respiré para ahogarme de mí y para deshacerme de mí, para ser todo aquello que quería devorar; respiré hasta el dolor para sentirme entero y para dejar de sentir este puñal clavado a mi costado; respiré conscientemente, respiré certera y despanzurradamente, respiré porque no hay acto de mayor vitalidad y de mayor rebeldía que ése. Porque ningún cabrón tiene derecho a matarme, porque nadie fuera de uno mismo puede decirle a alguien más basta.

Muro a muro yo ponía mis manos en mi aliento, muro a muro fui avanzando bajo la lluvia hasta que escurrieron los colores de mi casa bajo mis dedos, hasta que mis puños cerrados sobre la puerta anunciaron mi regreso definitivo a la vida; cada golpe vibraba en mí, cada golpe anunciaba mi terquedad, la dicha de saberme a salvo, de saber que la muerte sólo quiso platicar de tú a tú un instante conmigo; así entré a mi casa, deshecho y agradecido, en paz y en guerra, pero sobre todo vivo, como sea pero vivo y aferrado más que nunca a mi cuerpo y a sus horas.








miércoles, 16 de abril de 2014

SIEMPRE ES DE NOCHE EN EL INFIERNO


Siempre es de noche en el infierno, aunque sin el calor, sin este endemoniado calor que abre y pudre el cuerpo. El sol no pertenece a la obscuridad. La luz es el puñal del sacrificio, de los rituales de la carne satisfecha.  El trópico, el mar, el bamboleo de las palmeras, las calles hechas humo no pertenecen al infierno, tampoco marzo ni abril ni mayo. El infierno es un junio hacia dentro, es ese “cóbraselo caro” amorosamente apretado más allá de las falanges tiesas, mucho más allá de esa ternura mineral, mucho más allá.

El oro y las flores derritiéndose en las orejas son cosa de otros dioses; también lo son las caderas de las negras cansadas, deshechas en el colchón, en los alientos, en otra carne vencidos y vueltos a vencer. Son las negras que han dejado de ser negras y ahora relumbran con todo su sudor y todas sus muertes ahogando la habitación, condensando en sus pieles los zumbidos de los mosquitos, de ese sol que de pronto se abre y juzga y destruye la armonía, el claustro de sombras que con paciencia y soledad había abierto sus fauces para nosotros.

El infierno es otra cosa, es sutil, es del tamaño del pensamiento, de esta bolita que imagino entre los dedos y la voy habitando y de pronto estamos dentro de ella, girando, girando hasta vomitar de frío, hasta que el escalofrío hiela los vellos del cuerpo, traba el aliento a la quijada.

El infierno son estos silencios que no te digo y me guardo, es el filo certero de una caricia que entra y sale, que entra y sale de ti; es también la mentada de madre silenciosa que se clava en nosotros, muy hondo, aquí, mira aquí, pero dónde miras, es aquí, y se hace hígado, riñones, páncreas, bilis y de a poquito nos mata, nos va alumbrando la tragedia, pavimentando la desgracia, esta soledad que se espesa con los años, que se espesa hasta quedar como una baba pegada a las huesos.

Es el nombre en la plegaria que no nos atrevemos a decir, es un nombre que marca en la noche con cal negra cierta puerta y cierta ventana o calles donde creamos nuestros simulacros –que pensábamos eternos- de paraíso. Hay un árbol y una bocacalle; un parque de pastos altos que ahora se oxidan al sol, que son sal en mi presente, que son espirales de sed viva en la garganta, ángel de luz que exhuma nuestra humanidad, es esa vaga congoja al partir.

El infierno es una geometría silenciosa, es un espejo que nos arranca el rostro y nos obliga a ser pensamiento, a encarnarnos en idea, a florecer en el frío, a ser imaginación, deseo sin estatua;  es vida y siempre ha sido vida desde que es muerte y mundo, porque crea la muerte, la vida y el mundo.

Es esta sangre, mírala, rota y desflemada; es este negro invierno que golpea una y otra vez, y otra y otra y sientes sus mazazos en las sienes, en la mirada fija, siempre fija hacia dentro, más allá del pecho que como tambor, como círculo marítimo, como diana de truenos nos quiebra en nada, porque no hay gemidos para templar su desdicha; hay, como mordaza, una distancia insalvable nada más; hay un río que ha secado sus amores; un guijarro que terminó de rodar y es una marca incrustada en la dureza del sexo, en esta hinchazón que derrumba paredes, que instaura el caos de una geografía de sueños, todos imposibles, pero todos con los puños hechos para deshacernos, con los puños tan hechos más hechos que nosotros mismos a la vida, a la que fue, es y será, porque el infierno es deseo, porque el infierno es deseo, es deseo.

Es un no lugar de todos los lugares, es el centro siempre en movimiento de nuestro cuerpo, es un centro sin centro, es decir lo que no tiene palabras, lo que nunca tendrá palabras porque dura un instante, es la fuga, es el tiempo, es la claridad sin marcas del rostro que se ha perdido, es la negra claridad herida que ha sido devorada por el espejo, por la sangre y sus estatuas.

Hoy construyo un cielo para morir y despierto muerto al encontrarme tan en mi cuerpo, tan hecho a mis pies y su rutina de hambre, de sol, de trópico. El calor me derrumba, me hace sentir con mayor claridad lo que soy: huesos, carne y olores.

El infierno no tiene cuerpo, es pensar en todos y mirar las oquedades de la propia mano. El infierno es pensar en las posibilidades del infierno, es pensarse el infierno, es sólo pensar y quedarse únicamente empotrado a los hielos del propio pensamiento.




miércoles, 9 de abril de 2014

Se solicita Sex symbol





La inversión tecnológica priva sobre el material humano. La monumentalidad de las producciones cinematográficas aplasta el multifacético y luminoso rostro de la estrella. Éstas son las primeras razones que se me vienen a la mente sobre la extinción de una especie que era vital para el cine: las divas. Al menos una raza de ellas –la otra no tarda–  ha sucumbido al frenesí del tiempo y de la taquilla.
Meryl Streep me ve, levanta la mano –se siente indignada–; y yo aprieto los labios mientras muevo de un lado a otro la cabeza, le suplico que la baje. Hay para mí dos tipos de divas. ¿Cómo negar que tanto Marilyn Monroe como Audrey Hepburn lo son? Pero en ellas a pesar de sus similitudes, hay diferencias muy marcadas. No me imagino a la actriz de Sabrina en una escena donde se esté cambiando y, de súbito, alguien entre y se tope de golpe con la blancura de sus senos, velados súbitamente por sus dedos largos y esa tela negra del camisón que no se decide en cubrirlos o descubrirlos del todo. Ese alguien podría ser Humphrey Bogart, distraído y práctico, cansado y melancólico. Sube los diecisiete escalones y en el umbral de la puerta, pintada de blanco, enciende su cigarrillo –pasan siglos–; después, lentamente gira la perilla y entre sombras, lo primero que ve es… No, por más que trato no puedo imaginar la mirada codiciosa, ni los párpados lívidos y vencidos, provocando la voluptuosidad del deseo. No, no. Ciertamente, hay actrices que nacen para determinados papeles, Audrey no tiene los dones de una Loren, ni ésta la delicada malicia de aquella.
El glamour, la lejanía, su esencia evanescente, sus cambios de humor, la histeria, la risa desaforada, el cigarrillo o esas frases dichas fuera de cámaras, despreocupadamente, que parecieran no provenir de sus labios por lo terrible de su significado son fundamentales para ser una diva; porque ellas se pueden dar el lujo de ser inmorales, caprichosas, insensibles, drogadictas, ninfómanas, etc., pues sólo necesitan justificarse de una sola manera ante la sociedad: que su existencia o al menos una pestaña de ellas, sea para nosotros, para todos aquellos que las codiciamos y sólo podemos tenerlas, en ese sueño fingido y tan cierto que es el cine.
Ahora bien, lo que las hace distintas es la manera en que están allí, iluminando la pantalla. Meryl Streep sigue la línea de Audrey, de Bette Davis, etc., son mujeres que actúan, que interpretan, que encarnan, que son poseídas por un otro que no son ellas y que nos hacen odiarlas, amarlas, entristecernos…
El otro tipo de divas son las sensuales, son ese encono de hormigas en las venas voraces, las sex symbols. No importan sus actuaciones medianeras, con que cumplan con el papel basta, de hecho muchas películas son únicamente el pretexto para verlas en una sala a obscuras. Lo esencial es la manera en que las medias se sujetan a sus muslos, el modo en que su sonrisa juega con el pececito de la lengua que juega a su vez con la ingenuidad de un escote caprichoso y una mirada distraída, perezosa, que no se decide a abrirse o a cerrarse del todo. Ésas son las características fundamentales de esa raza ya extinta de divas.
El caso de nuestro cine no es diferente, las sex symbols mexicanas tienen un poco de todo lo anterior, ni son tan buenas actrices ni tan malas; ni son tan hijas de la Cucaracha ni de María Candelaria. Pienso en la triada: Dolores del Río, María Félix y Silvia Pinal. La primera, es quizá, más actriz que sex symbol –aunque muchas veces se excedía en sus actuaciones, su veta dramática era más teatral que cinematográfica; la segunda, es nuestra femme fatal –claro a la mexicana, sin poder salirse de ese código católico y moralino– y Silvita, pues, es Silvita y sobre todo es Buñuel –nuestra mancha en el paraíso.           
Las propias características del cine de oro impedían que nuestras divas fueran –por decirlo de alguna manera– más libres en sus interpretaciones, pues al filmarse bajo un código de “buena conciencia”, teniendo como base la familia –claro que hay sus excepciones, pero son las menos– eran o santas caídas en desgracia o putas –las más de las veces sólo esbozadas– redimidas. Ni nuestra María Bonita podía interpretar un papel donde se diera vuelo –al menos en pantalla–, pues la sal y la pimienta y el sudor –sobre todo el sudor– tenían que estar sobreentendidos. El tono en muchas ocasiones caía en lo pálido, en lo desteñido. No eran flores del mal, sólo edulcoraciones de aquellas florecitas que aparecían en los poemas de Antonio Plaza. Pero seguir por esta pendiente me llevaría a otro tema muy distinto del que estoy tratando.
La buena actuación nos hace aplaudir, exclamar, reír o llorar, pero jamás tragarte la respiración o prolongar indecorosamente el silencio, como sí lo logra una Marilyn que intenta cubrirse y calmar la carcajada de su vestido o Anita en el instante que baila en un rapto báquico o dejándose penetrar por el oleaje –que ella misma provoca– de la infortunada Fontana de Trevi, que en estos años ha visto palidecer sus espumas por tanta indecente y ridícula mujer que trata de emular –como si eso se pudiera- el sex appeal de la Ekberg. Gracias al cielo, ya está prohibido hacerlo.
Lo anterior da motivo para hablar de la capacidad que tiene el cine de crear íconos para la sociedad. Podemos no haber visto una sola película de ellas, pero hay escenas o imágenes que están grabadas o en la piel o en el intestino, como esa escena final de Casablanca: la lluvia, el perentorio ruido de las hélices, ese beso que se da y no se da; o tatuadas en la entrepierna, en la baba del inconsciente, provocadas por ciertas tomas de Marilyn o de Sofía Loren y que me hace querer, al evocarlas, alejarme de aquí y ocupar mis manos en tareas más gozosas, mientras repito más con el cuerpo que con la voz: I’m your Daddy, Marilyn.
En la historia del cine hay momentos eróticamente memorables. En los noventas tenemos el movimiento de piernas de Sharon Stone, pero ella no se volvió ni ha trascendido como un sex symbol porque buscó papeles “más serios”; afortunados o no –eso no me toca juzgarlo–, pero como ya dije al principio de este texto, la seriedad actoral, no es parte de este tipo de divas. ¿Striptease? ¿Demi Moore? Tampoco lo logra, porque una diva no es una encueratriz –y que me perdone Ninel (¿ha actuado en el cine?) y la vieja guardia: Maribel, Lorena Herrera,  Rosa Gloria Chagoyán, etc…
La fuerza erótica no radica en el abuso de la desnudez; ésta proviene o es parte de su naturaleza, de su mismo ser. El cuerpo, como objeto de deseo, puede ser el vehículo de esa fuerza, pero jamás el erotismo se puede cifrar totalmente en las redondeces de la sex symbol. Ella crea a su alrededor una especie de áurea orgásmica que consume –nos consumen– todo, hace que sus vestidos negros, que sus medias, que sus bocas, que sus miradas y cada uno de sus gestos nos carcoman la inocencia –si es que aún queda algo.
Se puede ser ingenua, tonta, rubia, morena, carnosa, carnosísima, pero si no hay esa naturaleza erótica, ese no sé que, pero ¡qué que!… Es imposible llenar una pantalla. Además, con los adelantos médicos en materia estética, no hay mayores problemas para llenar un escote, un pantalón o tener un rostro geométricamente hermoso y si todo esto no fuera suficiente, se puede contar con extensiones de cabello, uñas postizas, maquillaje, salas de bronceado, programas de edición de video, etc.
Lo anterior es una prueba irrefutable de que la belleza, por sí sola, no construye divas, si no, estaríamos invadidos por ellas. En lugar de buscarlas, estaríamos intentando evitarlas, pues como dice el príncipe de la canción: hasta la belleza cansa. Por ello, otra característica de las divas y en particular de las sex symbols es que no son, más bien, no eran tantas; no se hacen en serie, aunque la mercadotecnia y la moda abuse de la ingenuidad de aquellas –o aquellos– que quieren parecerse a sus ídolos. Marilyn, señores y señoritas, sólo hay una, afortunada y desafortunadamente para nosotros. A usted no le queda torcer la boca ni guiñar el ojo, porque parece que tiene retortijones.
Por tal motivo, en mi mente, tengo una sex symbol y no más, para cada ocasión. Si quiero que me manipulen a tontas y a locas, me dejo querer por Marilyn; pero los martes –no sé por qué– ando con una glotonería que no es de este mundo y sé que Anita es la indicada; el miércoles, Sarita, Sarita Montiel me mete el humo en el cigarrillo hasta el tuétano de los calzones mientras canta Fumando espero en  El último cuplé.
Y hablando de Sarita, rememoro sus close ups, su especialidad; y por fuerza tengo que aclarar que una sex symbol no busca este tipo de acercamientos, es la cámara quien quiere devorarlas, que siente urgencias de aquellos ojos, de esos labios que se comen al mundo, mientras nosotros callamos, callamos sin pestañar y el aire parece que nos abandona. La cámara, el camarógrafo, el director y todos aquellos presentes terminan fulminados por esos rostros, esos gestos, sí, completamente estudiados al cansancio, pero por ello más valederos, más suyos porque los fueron construyendo por una férrea voluntad; quizá la misma Marilyn pasó horas frente al espejo buscando, practicando esa gesticulación tan natural que llevamos mucho mejor grabada que el rostro de la novia o de aquella que con su retraso prueba nuestra paciencia afuera del cine con la película a punto de comenzar.
No sólo es un rostro, no. Es la expresión, lo que enmascara, lo que devela y lo que promete. Eso es lo que realmente nos conmueve y termina interrogándonos y doliendo; lo que nos hace naufragar, sentirnos los hombres más viles y sucios. –Si la tuviera ahorita en mis brazos (cualquiera pudiera pensar y desear eso al verlas en escena). –Si la tuviera a mi lado en esta sala me faltaría obscuridad para… (Nos decimos y no queremos concluir la frase, porque sabemos que hay pensamientos que es mejor no formular, ni siquiera en la mente para no entristecer de carne, para no quebrar aún ese espejismo de voluptuosidad).
Algo primitivo surge de aquella estilización, de esos peinados y aquel maquillaje –que tardaron horas en ser concluidos–, de esos vestidos ajustados milimétricamente, de esas medias de raya de gis perfectamente centradas a lo largo de los muslos y tobillos. 
Lastimosamente, ya sólo nos queda el refugio de las salas de arte –cuando proyectan ciclos de cine clásico– o la Cineteca para poder ver a esa raza de mujeres. Porque dígame, en la actualidad ¿qué divas tenemos?, ¿cuáles son los sex symbols de hoy?, ¿Charlize Theron?, ¿Scarlett Johansson?, ¿Kristen Stewart?, ¿Megan Fox?, ¿Penélope Cruz?
Quizá de todas, las dos primeras sean las actrices más regulares de las que estoy nombrando. Las demás, son bastante malitas y todas, por supuesto, muy hermosas –menos Kristen Stewart. Pero, ¿alguna de ellas podría ser considerada un sex symbol?, ¿podrían estar en la misma categoría que Marilyn Monroe o Sofía Loren?  Tal vez soy injusto, digo, todas estas fueron dirigidas por grandes artistas como Fellini, Howard Hawks o el genial Billy Wilder –entre muchos otros. Y las jovencitas, rescatando a personajes como Woody Allen o Almodóvar que las han dirigido, no hay mucho más que decir al respecto. Tal vez se me escapen nombres –algo normal. Pero estos dos directores –que no serán los únicos– pasarán con honores a formar parte de la historia del cine y por ello los nombro sin temor.
Es verdad que tampoco ellas han mencionado nada al respecto de querer ser un sex symbol –al menos ninguna, que yo sepa, ha levantado la mano–, tampoco se han comparado con estas estrellas consagradas. Pero, inevitablemente, son un referente de la belleza que se maneja actualmente en la pantalla grande. Por ello la comparación es inevitable.
Tal vez la carencia de un nombre que en la actualidad erice mi piel se deba a que poco importa su presencia en pantalla –sobre todo en los estrenos de verano. El escenario ha desplazado la función actoral y lo peor es que éste ni siquiera existe, es creado virtualmente. Es curioso que aún actuando en un espacio vacío –la dichosa pantalla verde–el actor no sea realmente importante, que no tenga mayor peso de lo que tiene una nave espacial o un gran palacio derruido por un tsunami.  Su presencia ya no es necesaria, no existe un motivo para tal o cual toma, porque no se tiene en consideración a la actriz, ni a su personalidad ni a sus necesidades.
Rara vez, en la actualidad, el cine surge de una necesidad orgánica, de una búsqueda subjetiva. La grandilocuencia aplasta al individuo, no puede haber una diva, un sex symbol porque no hay un verdadero interés en embellecer la vida del hombre o lanzarlo, realmente, al acantilado de sus deseos. También se debe a una indolencia y cierta soberbia por parte de los productores y directores al creer que una sex symbol se crea a partir de una receta de cocina.
¿Cómo sucumbir a la belleza que oculta un rostro si hay otras luces que lo opacan? En una época tan llena de ruido y de basura visual, es muy difícil que alguien sobresalga por ser quien es, por sus cualidades únicas e irrepetibles, ya sea para movernos por su actuación o por su sex appeal.
Nos han quitado el gusto de la contemplación, de la ociosidad y de la belleza, la verdadera belleza requiere atención, tiempo para exprimir todo el zumo que nos ofrece; y la rapidez de la vida nos impide, ya no digamos paladearla, sino esbozarla.
Todavía, la otra especie de divas, las actoralmente dotadas, las que trabajan día con día en sus personajes sobreviven a base de su propia constancia y amor al séptimo arte. Tenemos valiosos ejemplos. Sí, Meryl, ahora sí, levanta tu mano que la necesita mi mirada. Pero son las menos, como son pocas, poquísimas las películas que les hacen justicia.
Pero en el caso de la sensualidad –lo que en un principio se pensaría más fácil de encontrar en el cine– es lo más difícil de hallar; porque, repito, no es la perfección física lo que conforma a una sex symbol, tampoco basta que podamos casi palpar sus perfeccionados cuerpos gracias al 3D; una diva de este tipo no se puede crear de la nada, porque hay algo que nos transmite que es único, irrepetible, inimitable, afecta tanto a hombres como a mujeres, no sabemos qué es, pero es parte de su naturaleza y eso es lo que hace que unos la codicien y otros u otras quieran imitarla.
Aún no se inventa –y espero que jamás se pueda crear algo así– un aparato que nos haga codiciar a tal o cual actriz o hervir la sangre para sentir la necesidad de querer entrar en la pantalla. El sex appeal no es algo que se pueda crear con recursos tecnológicos, está inscrito en el código genético o en el alma o en todo el ser y por ello no todas, ni todos pueden ser un sex symbol y si a esto le añadimos que ya no hay el interés de encontrar entre todas las jovencitas que quieren ser actrices a una de esta raza, pues estamos condenados a la perfección sin gracia, a la sonrisa fría, a la estética sin alma.  Cuando alguien en pantalla nos haga esperar sentados hasta el final de los créditos para encontrar el sosiego y rehacernos un poco antes de retornar a nuestra realidad podremos estar seguros que estamos ante un sex symbol.
La belleza, dice Rilke, nos destruiría, no se puede tomar a la ligera, pero ésta no es sólo física, no puede serlo. Quizá se necesite tener una vida tormentosa, una muerte joven, una sonrisa indefinible. Truman Capote entrevistó a Marilyn Monroe y creo que el título que le dio a esa crónica, mucho más de lo que escribe en ella, es la clave de todo. “Una adorable criatura”. Las divas, las estrellas cinematográficas no son simplemente mujeres, son algo indefinible, algo adorable, quizá oro evanescente; un algo que está lejos de nuestra comprensión, aunque las tengamos al lado, como el escritor de A sangre fría tuvo a mi Marilyn.
El entendimiento con esta raza no se da a consciencia, no se razona, éste se inocula directamente en la sangre, la consume en esa hora y media o dos que dura la película y que seguirá rondando nuestra mente al entrar a casa y escuchar en el piso de arriba unos pasos inusuales. Entonces el corazón palpitará, creeremos que el vecino ha salido de vacaciones y que en su lugar, una rubia, que casi nos matará por error –y de algún modo lo hará o ya lo ha hecho–, bajará a disculparse trayendo entre sus manos una botella de champagne y nosotros sabremos que no somos buenos, no podemos serlo ahora, e intentaremos cambiar el final de esa película que no debió de terminar así, que no puede terminar así, que si existe justicia poética esa rubia nos hará la noche.

miércoles, 2 de abril de 2014

DERECHO A LA INFELICIDAD



No nos hagamos, ni usted, ni yo, ni sus hijos seremos nunca felices. No podemos serlo, es contrario a nuestra humanidad de colmillo y mortaja, a la suciedad y al polvo que se van acumulando en el mundo.

Lo que necesitamos es aprender insignificantes trucos de magia; crear, para nosotros y los demás, la ilusión de poder ser felices. Necesitamos vivir en el engaño, creerlo con tanta rabia que en algún momento podremos morder la vida misma con esa ilusión, hacerla, porque así lo creemos, verdadera.

Aunque a decir verdad, yo no entiendo la causa del querer ser felices. ¿para qué serlo si se vive tan bien siendo un cabrón y un descastado? Que como dice Bonifaz: habiendo viejas pinche Pelona me das risa. La felicidad es, nunca se está siendo, es inmóvil, un ojo sin párpados. Es estar –y no hay cosa más asquerosa- en la sola contemplación de ella misma, babeando… No, no es cierto, sin baba, nada de babas porque todos los fluidos de los que estamos compuestos van en contra de la redomada perfección de la felicidad. Todas nuestras excrecencias y excreciones son un exceso, una brusca manera de exponer nuestra corporeidad maltrecha e inacabada.

La felicidad, escúchelo bien, no se excede jamás, es un equilibrio de formas donde el vaso está lleno y no le sobra ni le falta una gota de agua; o es, pensando en uno de esos poetas que se la jalaban demasiado -ése que hablaba de diablos y de putas-, un vaso vacío, sólo un vaso que se mira a sí mismo, que sólo ve los contornos cristalinos de su propia existencia.  

Dante, que no sabía nada más que de su Bety, pensaba más allá de su Bety, hasta que los peditos de ésta, su mal aliento, los berrinches propios de su edad desaparecían por una claridad que cegaba todo bulto, todo rasgo de individualidad en la niña. Para estas personas la felicidad brilla en algún lugar de la nada, donde uno podría estar allí no' más, en la felicidad –jamás siendo felices, porque la felicidad carece de movimiento.

En sus fueros no haría falta contemplar el mundo, indagarlo, sólo sería necesario tener los ojos vacíos para que sean llenados de la más hermosa luz y no de otra. La felicidad no permite un brillo propio, individual, porque lo distinto es imperfecto, lo otro nos muestra una parte que no conocemos de nosotros mismos o  de la cual simplemente carecemos, y esta carencia rompería el círculo perfecto de lo que Borges llama la felicidad, de la que nunca nadie podría escribir.

Las diferencias nos hacen tener distintas cualidades y la felicidad es monótona, monocromática, es una. Y cómo poder asirla si nosotros pensamos –algunos más que otros-, si nuestra individualidad es un proceso que inicia y nunca termina, siempre estamos haciéndonos -si usted gusta póngase el adjetivo.

                   Para ser felices, pero felices, felices de verdad, necesitaríamos ser eternos, y para nosotros, seres contrahechos –ciertamente unos más que otros-, desnalgados y peludos –en mi caso particular, tampoco se sientan aludidos-,  es imposible serlo. La carne se pudre, la mente es un avispero siempre en pugna; el deseo, en mi caso, es un oso lamiéndome los huevos –ya cada uno escogerá su bestiario particular-; la voz,  una flema en la garganta; y no hablemos cuando se llega a la vejez, pues nada de perfecto hay en esta etapa, pues es allí donde sentimos más el deshuesadero que somos. Lo corporal nos sienta en su…, pues éste es un trono de dolor, un resquebrajadero que tenemos que volver a levantar día con día hasta el momento en que sea imposible. No, no, no, el cuerpo humano –por estar atado al tiempo-, y la mente –porque tenemos sueños y deseos- no son aptos para la perfección, para la redondez única de la felicidad.

Mire usted, para serlo necesitaríamos arrancarnos el hormiguero de la entrepierna, la rata, la víbora y el cerdo que anidan en las manos, la cabeza y el estómago; y el mandril que desesperadamente extiende su lujuria bajo nuestro pecho, que se coge segundo tras segundo a nuestro corazón-alma-depósito de pureza y buenos deseos-receptáculo de inmaculados pensamientos-hostia amasada por la baba y el semen de nuestro señor padre,  etc., etc., etc. 

                 Como ve, es imposible. Es más, el propio lenguaje es imperfecto, siempre está en constante cambio, cómo definir a la perfección tal o cual cosa, cómo llegar a plasmar en una charla lo que pensamos con exactitud, es más, muchas veces ni siquiera decimos lo que pensamos. Quizá la simulación, la máscara sea uno de los medios de crear el engaño de la felicidad. ¿Ustedes cuántas tienen?

Pero si me quito la máscara, qué me queda. No sin pena confesaré que si hablo a calzón quitado es precisamente ese movimiento lo que me da goce, bueno, siempre y cuando una señorita acomedida me lo quite.  Si yo pensara en términos de felicidad o al menos sobre un estado en que me encuentre a la perfección: en guerra y paz con el mundo; éste sería el estar empiernado; y mire que para imperfecciones, frustraciones y sufrimientos padecer por las voluptuosidades ajenas, por esas mujeres que sólo vemos pasar muy lejos de nuestra vida es vivir como un condenado, como un demonio en pena; pero como dice Lope, de serlo jamás arrepentirse. Porque uno necesita arder como la vela y consumirse y hacer torres de arena, porque necesitamos sentirnos, necesitamos morir a cada segundo porque si no de qué forma podríamos renacer.

Y si voy a sufrir prefiero que sea por la tierna y triste certeza de no tener, al menos por unas horas, la dicha de que alguien comparta su cuerpo conmigo –y si me pongo melosón, su “alma”-, si voy a sufrir será en los infiernos que yo mismo me he creado; jamás lo haré por ser pobre o por tener que levantarme temprano y tomar el metro en horas pico; tampoco porque no pueda adquirir x o z objeto. No, no sufro por un resfriado o por ser más pendejo que usted; así nací, cuál es el caso de frustrarme por cosas que no tienen la menor importancia.

            Si voy a sufrir que al menos sea lo más placentero posible, que el dolor sea caritativo, como ese “dulce lamentar de aquellos pastorcitos” de Garcilaso; y me permita, al menos, que encamado o en el onanismo de la escritura, la imaginación y el recuerdo forjen un placebo de placer, que el deseo tienda la obscuridad que más le acomode.

            Que cada uno sufra a su modo, pero que sufra a gusto, porque sólo así estaremos en movimiento, buscando, deseando. Sólo por su gracia conoceremos lo que es tener el cuerpo abierto, con las vísceras y las secreciones a flor de labio, conoceremos esos infiernos que son necesarios conocer porque de sus hielos beberemos el agua de la vida.

Hay muchas razones para ser infelices, nosotros mismos somos el arquetipo de la imperfección, porque la imaginación es un arma de doble filo, pues nos hace contemplarnos a futuro, de construir una imagen que no se adaptará nunca a nuestra realidad: ni yo tendré menos pelo ni podré, desgraciadamente, pasar revista a cuanta niña vista y calce regular. Pero es precisamente eso lo que también me hace feliz, el imaginar que es posible, el verme a futuro desnudo y rodeado de miles y millones de tiernas y pequeñas lengüecitas que mojan mi cuerpo y se llenan de los billones de vellos de los que estoy tan bien nutrido.

            Lo que ustedes necesitan es aceptar, como dice mi amigo el Bonifaz, el caldo gordo de sufrimiento que nos toca en suerte. Porque de allí tomaremos la energía necesaria para seguir luchando y amachándonos en este mundo.

Sufrimos porque deseamos, porque muchos, sino todos, tenemos un diablillo que llamamos sexo, un Pantagruel que nos escose, que nos anega las venas y las arterias de sal, que termina por hincharnos el falo, por pudrirnos la mente en ese hervidero de lascivia por el cual, del mismo modo, fuimos engendrados.

Sí señores y señoritas, sí, el amor o el deseo, etc., es un estiercolero en el cual sembramos nuestras mejores flores. La pureza nace de la más grande podredumbre, nunca se les olvide. El sudor, la saliva, el aliento, los pujidos, el semen, la sangre, los jugos vaginales, la mierda es lo más humano y bestial de nosotros, lo más íntimo, lo que tratamos de ocultar con la ropa, con el baño, con el silencio o el recato, pero es únicamente a través de lo corporal que podemos llegar a ser felices, a sentirnos verdaderamente; y si usted lo desea, trascender la propia carne en una entelequia amorosa que en última instancia fustiga aún más la espina de la carne, las babas y los pujidos, para poder seguir sustentando su utopía.

Si alguien nos gusta, si le sonreímos, si tratamos de verla es porque la quisiéramos ver desnuda, es porque necesitamos clavarle toda nuestra genealogía, chuparle todos los adjetivos que tiene entre esos médanos que ya ha poetizado tan bien Eduardo Lizarde; porque nuestra felicidad, o ese engaño colorido que llamamos felicidad, está en tratar de completar esa mutilación que llevamos como marca de nuestra humanidad. Sólo en el otro, que también es un ser incompleto, podemos llenarnos y llenarlo por un breve instante, cerrar el círculo que pronto se volverá a abrir, y está bien, debe ser así porque sólo así tendremos la oportunidad de volver a apretarlo aun con más fuerza.

Necesitamos nuestra dosis de sufrimiento, necesitamos no parar de sufrir, porque éste nos obliga a movernos, a buscar una manera de seguir respirando. Necesitamos esas mujeres de Tablada, las de la Quinta Avenida, que se encuentran en los salones de clases, en el cine, en la panadería, en el transporte público, en el trabajo, en el bar, en el café que frecuentamos; las necesitamos tan cercanas a nuestros ojos y tan lejanas de nuestra vida, porque hacen posible la poesía –eterna insatisfecha-, aguijonan el deseo, que es imaginación, que es vida, movimiento; porque, dígame usted, ¿qué sería la vida si no pudiéramos imaginarla a nuestro antojo, menear un poco a la putilla de rubor no tan helado ?

Por ejemplo, que sería si no pudiéramos imaginar alguna de esas señoritas, puede ser una rubia o quizá una pelirroja o una morena, de ésas como la suerte, turgente, dadivosa que hace ver a mis manos, allá tras lomita de su carne, chiquitas, chiquitas…, Usted disculpe la digresión…, como decía,  si no pudiéramos imaginarlas tumbadas junto a nosotros o al menos sufrir en el deseo de no tenerlas qué sería la vida, qué la felicidad al verlas de repente y saber de antemano que no podremos decirles el más sagrado y criminal de nuestros deseos, que tan bien expresa Tomás Segovia:



Pero, ¿cómo decirte el más sagrado
de mis deseos, del que menos dudo;
cómo, si nunca hombre alguno pudo
decirlo sin mentira o sin pecado?

Este anhelo de ti feroz y honrado,
puro y fanático, amoroso y rudo,
¿cómo decírtelo sino desnudo,
y tú desnuda, y sobre ti tumbado,

y haciéndote gemir con quejas tiernas
hasta que el celo en ti también se yerga,
único idioma que jamás engaña;

y suavemente abriéndote las piernas
con la lengua de fuego de la verga
profundamente hablándote en la entraña?