martes, 17 de octubre de 2017

ÍNSULAS


Quisiera no ser tan chillón y no puedo, y es que muchas veces las palabras tienen, no la forma, sino el sentido del llanto, la atmósfera de la impotencia y de la desgracia. Pero a la hora de leer es el llanto el que mana de la palabra “dolor” o “derrumbe”, de esos recuerdos y memorias engarzados en una estructura literaria, en unos cuantos versos donde trato que la realidad encuentre sus fragmentos, su casa, un cuarto propio donde la desmemoria no nos persiga.
            Precisamente el llanto me vino en la lectura de un poema que escribí sobre el terremoto que asoló mi país en la FIL de Monterrey; y es que no puedo pensar en México de forma complaciente, no puedo ver un país dichoso, una tierra de oportunidades: feminicidios, narcotráfico, impunidad, sobornos. La fractura va de península a península, cada día se renueva la violencia, la tragedia nos cae del cielo, salimos de los escombros para vivir un día más y un día más.
Tengo que disculparme con la UANL, con Antonio Ramos, con Jessica Nieto, con Christian, con Xóchitl Leija y Lorena Contreras y tantas personas que intentan día con día construir y reconstruir con su labor editorial la decencia, la libertad y sobre todo el espíritu del hombre, y en particular, del mexicano. Perdón por mi lectura apretada a los intestinos, por no soportar el golpe del vivir de pie, por la rabia y dolor que todos compartimos. El dolor es único, pero nadie deja de sentirlo.
Pero al mismo tiempo, agradezco la oportunidad de participar en la colección Ínsula, un templo donde la carne, la locura y la muerte se hermanan con el trabajo intelectual, reflexivo y racional del hombre.
Son dos polos por los que transita el arte: la carne y el espíritu, la razón y la irracionalidad, lo terreno y lo sagrado, la revelación y el misterio. Oscilar entre uno y otro es el destino de toda la experiencia humana, de toda Ínsula, de toda editorial que lucha día con día con ofrecer al hombre un mundo que le permita trascender su propia experiencia, reflexionar sobre la vida, buscar una salida a los derrumbes interiores, a las ráfagas de odio, a la violencia que no se calma con palabras pero tiene que empezar en la palabra el cambio de pensamiento, la mansedumbre de la sangre.
La empatía con el otro se establece al identificarnos con él, precisamos del diálogo en este mundo donde la soledad es atroz,  es de vital importancia vernos reflejados en los espejos de la literatura para ver que Hiram Barrios, Vidal Medina, Alfonso Reyes, Sergio Loo, Edith Mora, Julieta Gamboa, Xitlally Rivero todos ellos escritores de la colección Ínsula guardan en sus cristales un fragmento de nosotros mismos y otro que espera ser puente, ser abrazo. Gracias por abrir la puerta a escritores y lectores, por hacer de los cuadernillos una sala familiar, una charla íntima entre dos seres que están por conocerse.

martes, 26 de septiembre de 2017

PUÑO AL AIRE, SILENCIO


Nada grita tanto como un puño cerrado al aire, nada. La respiración, la misma sangre quedan en suspenso. Los ojos detienen el parpadeo, deja de existir el peso del cascajo en las cubetas. Estamos en la sala de espera de la vida, quisiéramos ser pilotes, multiplicar los brazos, cargar el techo de un edificio, sacar seis, veinte dedos de cada mano. Hay un deseo de revancha, de altanería contra la muerte.
El puño sigue levantado, y el silencio es un árbol que va creciendo, que es oxígeno y raíz, las hojas de un árbol revoloteando en los pulmones, en la garganta, limpiando la masa de polvo que hora tras hora, minuto a minuto, instante tras instante, vida tras vida, hombro con hombro hemos aprendido a mascar.
Fuimos hombres de barro alguna vez, después maíz tronchado, suaves mazorcas nos crecieron en el pecho. Respiramos profundo en medio de este silencio, y es tan verde todo, los pensamientos, la mirada, el foso negro donde el panal de nuestras orejas se agita. Volteo a ver mi pulsera: la sangre, el teléfono; busco las señas de identidad que compartimos todos los hijos del derrumbe, busco ese gesto que es sólo mío y que de repente se multiplica, que es un apretar de hombros, un tamal caliente, que es una gelatina en el transporte público cuando más cansados estamos, que son Karla, Lucía, Ángel, Diego, Jazmín, José Luis, Alison y tantos soportes para este país recién abierto al mundo, recién entregado a los jóvenes que lo cargan y le hacen mimos y le dan respiración de boca a boca, lo cubren entre sus cabellos del miedo y del odio y de la avaricia de todos aquellos que tienen la voz, pero no la palabra, que tienen el poder, pero no los brazos ni las heridas ni la fe en un futuro mejor.

Gritan, piden agua, una camilla, una manta, y yo no sé si grito o lloro o suelto una carcajada para no quebrarme, para apagar un poco la luz que ilumina mis huesos y las ganas de abrazas uno a uno a esas mujeres y hombres, a esos perros de los cuales quisiera formar parte  y al mundo entero que de repente vibra allí, en esa camilla, en ese cuerpo, en esa respiración que es México, ¡carajo, que es México!, porque nadie tiene derecho a dejar nuestro país allí enterrado, entre los cascajos, nadie que ha sangrado tanto a México tiene derecho a quedar impune, a habitar el olvido, a darnos palabras de aliento cuando son ellos quienes nos han arrancado los alientos.

martes, 12 de septiembre de 2017

DEGENERACIÓN



Estoy en la edad en que la degeneración según James Merill- me roba mucho tiempo, energía y dinero. Dinero no tanto, la verdad, soy maestro de literatura, ¿cuánto puede gastar un profesor con su refinado sueldo?

No puedo negar que la literatura me ha vuelto bastante degenerado, aunque en cierto sentido ha pulido mis gustos, mis indecencias, ese lunario erótico, a veces pornográfico con que fustigo ese sobrante de energía. Pienso en Proust y me digo que la degeneración va hacia dentro, es un movimiento que tiende siempre hacia el pasado.

Recordar es una degeneración, una bacanal imaginativa; la memoria, un diletantismo erótico; eros entendido como creación, como fecundación, ¿de qué?, de la muerte, pues, ¿qué otra cosa es el pasado invocado? “Puedo inventar dos o tres recuerdos con total impunidad”, escribió Antonio Muñoz Molina en el Jinete Polaco. Yo me la vivo imaginando la realidad, trato de hacerme dueño de un rinconcito, de una habitación propia para mis lubricidades.

¿Qué sería de los que carecemos de genio si no tuviéramos a la imaginación? ¿Podríamos soportar la realidad, así, tal cual se nos ofrece? El deseo se imagina, se sueña, y el sueño es, a la vez, un anhelo de algo. El erotismo es deseo y sueño, es dolor y placer; eres tú escurriéndote a las cuatro de la tarde por mis sentidos, entre el sudor de mis muslos, ¿eres? y eres mis manos en tus senos, la fiebre de palabras que escribo en tu blusa de rayas, es lo sublime de la oscuridad de nuestros cuerpos, es la oscuridad ahora, cuando están encendidas todas las lámparas, cuando los soles negros de la vida nos meten en un mismo horno calentado con nuestras fiebres, con el pulso de las hormigas que nos escuecen los sexos hasta incendiar el pan y hacernos ceniza cuando más necesitados estamos de luz. Eres esto y no más: el simulacro de palabras con que me incendio ahora.




martes, 29 de agosto de 2017

La niña de Polanski









                                                                          a Polanski

Sesión fotográfica a los trece años



Los libros erguidos en el abrazo

desnudando su edad.

Su rostro,

un flashazo eterno

en la edad en que todo lo es;

en que su cuerpo

¿una promesa?,

¿un después?



La felicidad

son esos años en que nada se ha perdido,

en que la copa permanece colmada

y burbujeante, rubia frente a mis ojos.



Voltea

-con mi voz más íntima le digo.



Y antes de alejarse para siempre,

ella surge revelando un instante

que va más allá de su mirada,

de esa sonrisa que interroga

teniendo todas las respuestas;



más allá del blanco y negro

de la película,

la composición,

la fotografía…



Todo es superfluo menos la avidez

con que mis dedos aprietan y disparan

aprietan y disparan…

acercándome más

-apretando y disparando-,

cada vez más

                         a lo que deseo.

miércoles, 23 de agosto de 2017

CONVALECENCIA








Son las nueve de la mañana, me he bañado y estoy listo para salir a dar clase. Sé que no iré, la enfermedad se empeña en mostrarme lo rápido que puede deteriorarse un cuerpo. No importa, me peino, me visto con mi disfraz de maestro, me pongo los zapatos mejor lustrados que tengo y pienso que es posible salir, que la voluntad y el deseo pueden más que la razón.
  Trato de encontrar aprobación en la mirada de mi perro, pero el sólo se tumba sobre mis pies. Es grato el calor desinteresado de los animales. Ruelas acomoda su cuerpo en mis empeines, en los tobillos. Siento el gruñido de las nueve y treinta de la mañana, es frío, busca bronca, espera afuera de mi casa.
Por fin está mi té, observo el humo lentísimo de la taza, un giro que se prolonga en mi vida, que la va enredando en una espiral de jazmines y miel, trago saliva con esfuerzo, por la nariz entran lentos los anillos de las flores y los néctares. “Qué bellos son tus pechos Sulamita, qué bellos, parecen cabritillos mellizos de leche y miel”.
El perro se ovilla en mis piernas, su cola se enrosca en mis pantorrillas. Bebo un traguito, rezo por saber a lo que sabe el jazmín y la miel. Hace dos días que perdí el olfato. Me gustaría oler unas buenas axilas o las frutas de todo un mercado. Aspiro menos de un segundo de expectación que pasa como un siglo, cae el agua del bambú y forma las primeras ondas en mi cavidad nasal. Un olor verde, un círculo tranquilo, un estanque con dos luciérnagas atizadas.
Mi garganta agradece cada trago, el calor no sube a la cabeza, no me da brío, sólo pone su mano en mi pecho…, tengo cinco años, me han bañado, me han puesto el uniforme azul, no desayuno mi cereal, me derrumbo en la mesa, mi madre pone a calentar el agua en ese pocillo que ha vivido más de una guerra, el calor no sube, acaricia mi frente y luego mi pecho, me abriga… Soy el enfermo mejor vestido de mi casa.

viernes, 11 de agosto de 2017

Primera clase


Qué pensó dios el primer día de la creación, ¿tuvo miedo, nervios?, ¿qué tan grande sería su expectativa ante la nada que agitaba entre sus manos?, ¿tiene manos la divinidad?, ¿sabe lo que son los plazos y su cumplimiento?, ¿los nervios que dan ante una fecha esperada que está llena de interrogantes? ¿Dios sabe lo que es una interrogante? La respuesta fácil sería que no, porque Dios mismo es una interrogante, tampoco entendería del tiempo, de lo limitado, en la vida no hay borrón y cuenta nueva, lo que se hace no desaparece del todo, no podemos regresar ni a los momentos de mayor felicidad ni aquellos dolorosamente puntuales.
Por qué, entonces, Dios creo un mundo que estaba fuera de sus posibilidades, por qué hacer algo muy distinto a su imagen y semejanza, por qué esbozar un mundo que él no entiende. Cómo comprender la vida si la divinidad carece de ella, porque la vida tiene un principio y un final, y no es un motor inmóvil, perpetuo, eternamente bello en su inmutabilidad, en tener mil y un caras y siempre ser la misma: lejana, estridente, sin palabras, porque la palabra nos pertenece, la lengua es de los hombres y no de los dioses; la palabra es tiempo y se da en el tiempo, da cuenta de éste y lo deforma a su multiplicidad de formas.
La palabra imagina, Dios no, la imaginación nace de lo deseado, de nuestros terrores, de esos pocos momentos de dicha suma y de la monotonía de nuestras geografías vitales. Un dios no puede imaginar porque sería imposible que estuviera insatisfecho, que fuera infeliz o feliz. La totalidad no tiene abolladuras y el hombre es un ser quebrado que trata de no despedazarse por completo.
Pienso en todo esto mientras me preparo para la primera clase de este semestre, cómo será mi grupo, qué agobios obsesionan a esta generación, qué dirá mi amigo Voltaire de ellos ―en estos momentos me siento muy alejado de John Keats; ya vendrán sus urnas y sus flautas, ya vendrá el tiempo a detenerse en las basílicas de su pintura―, ¿serán una comunidad de hombres libres?, no sé. Siempre hay mucha expectativa al inicio… Bueno, tengo café, ya lo que venga es ganancia.

viernes, 14 de julio de 2017

PUBERTAD POÉTICA









Entre Mario Benedetti y Jaime Sabines

La poesía crece como uno mismo, madura al igual que el cuerpo y sus alegrías y decepciones, ¿madura? No lo sé, ahora no estoy tan seguro. ¿Madurar es pensar en otros temas distintos del Eros, es tener otras preocupaciones? ¿Es pasar del amor a los soliloquios de la muerte o del vacío, a las “grandes” e insignificantes preguntas del ser? Es el cambio del:
Porque te tengo y no,
porque te siento,
porque la noche está de ojos abiertos,
porque la noche pasa y digo amor,
por qué has venido a recoger tu imagen,
si eres mejor que todas tus imágenes…

al
En medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen
Sin respirar siquiera para que nadie turbe mi muerte
En esta soledad sin paredes
Al tiempo que huyeron los ángulos
En la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre…

¿Es inmadurez el amor, es acaso un tránsito a la obsesión de la muerte?, ¿y el pensar sobre la muerte es acaso madurar? ¿La madurez es liquidar la cursilería, los arrebatos amorosos? ¿Por qué aprecio de un modo geométrico, abisal, enfermo a poetas como Villaurrutia y desprecio ―sí, lo he hecho― a un poeta como Mario Benedetti que tanto me ha dado?
Poemas como “Corazón coraza” han hecho visible, le han dado sus contornos y su agudeza a esa espina clavada en mí, a ese vacío que uno desconocía hasta que llega la pubertad y que uno mismo no quiere llenar porque desea “arder como la vela y consumirse” o “ser polvo mas polvo enamorado”, ser parte, de cualquier forma posible, del otro, destruirlo con la rabia de la propia carne, del inmisericorde deseo, de esa fe que se tiene uno mismo en ser en el otro y para el otro, aunque aquel no entienda ni quiera saber de tales sinrazones.
Benedetti como Jaime Sabines me hicieron darle, en mis años de secundaria, un cauce, una estructura de palabras a eso que empezaba a sufrir, el deseo que no conoce lenguaje, que no sabe de alfabetos, “que acerca tan sólo un cuerpo interrogante”, una pregunta como dirá después en mi vida Luis Cernuda.
Yo no sabía en aquellos primeros años que el amor era un monstruo ―no supe verlo―, que hacía más evidente y dura nuestra propia soledad, que es esa bestia sepultada en los espejos que nos lame la mirada, que nos mira con deseo de muerte y no sabemos si es el deseo por morirse o matarnos. “Por qué has venido a recoger tu imagen/ si eres mejor que todas tus imágenes”, escribe Benedetti, y pienso ―con estos años―, qué nos queda detrás de esa ausencia, de ese amor que nos ha dejado un espacio vacío. También el poema es en sus silencios, en lo que no dice; es en esa incertidumbre, en la ausencia inmediata del amor donde está el “amoroso” confrontándose así mismo, sólo, cautivo en sus sombras.
La pregunta que hace el poeta ―o el yo lírico― hiere, porque sugiere la soledad siguiente, la orfandad que encierra todo amor no correspondido, y en ese abandono está uno enfrentado a sus sentimientos: quiere y no quiere sentir, no desea amar y es la única posibilidad de vida. Mutilado se observa el enamorado, el grito es imposible, no hay ayuda, el Amor es el único enfermo sin hospital.
Cuando leí por primera vez ese poema no percibí esta soledad, sentí, sí, la mutilación, la falta del otro para ser feliz, pero obvié lo más doloroso de la experiencia, lo propio de mí mismo, la pequeñez que soy, el piélago de soledades que me conforman y que nadie, sino yo mismo, puedo llenar.
En ese tiempo de lo único que sabía era de ese deseo insatisfecho, de esa pena apenumbrándome; día tras día me volvía más amargo, pensé que la vida se reducía a un cuerpo y una voz y a un uniforme que me eran crueles. No entendía tanta claridad, ni la de ella ni la de Sabines ni a Benedetti, sólo veía la imposibilidad del amor, su mecanismo roto, no me veía en mi propia soledad, yo frente a mi abismo y mis temores; sólo pensaba en el futuro desastroso de la confesión amorosa, en ese “porque te tengo y no” o “el amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable”.
Yo pensaba que era debido a que el amoroso era un ser absurdamente incomprendido, que todas sus fuerzas las obtenía y agotaba en los trabajos desconsolados de su oficio de amante, en “hacer torres sobre tierna arena”, el amoroso era para mí el onanista por antonomasia. Ahora sé que no, sé que mi lectura era errónea, aunque sigue siendo sincera. ¿Hay una lectura errónea en la poesía cuando es sentida, cuando se digiere y se va integrando a nosotros?
Probablemente a mis doce, a mis quince años no pude entender ni la cuarta parte de esos poemas que leí a pesar de ser tan claros, pero la claridad también nos ciega, nuestra propia tozudez nos aferra a la verdad que mejor nos convenga, pero si no fuera así, si no hubiera sido parcial, si no los hubiera traicionado y malentendido ―la propia memoria hoy en día cambia palabras, versos enteros― no podría recordarlos, no me serían tan memorables “Los amorosos” o “Corazón coraza”, no hubieran trascendido a mi pubertad, a ese suicidio diario de tener y no tener a la niña de mis insomnios; si no fuera por todos esos poemas tampoco guardaría su rostro y aquel cuerpo y esa manera tan bruta de escurrirme a todas horas, de morir en mi propio campo de batalla y hacerme el triste, y “de serlo jamás arrepentirme”, porque sufrir también es un vicio, y una necesidad para salvar a ese monstruo del otro lado del espejo, al hermanarnos con él.
Claudio Rodríguez decía que “La claridad es un don”, y lo entiendo ahora al recordar aquellos poetas, y con ellos, a ella sobre todo en su uniforme y en su nombre, ahora tan mío, sólo mío, ni siquiera le pertenece, ya es otra y no ésta a la consagro o consagraré un homenaje idéntico al de aquellos días; sólo así “guardo la forma divina de mis amores descompuestos”, sólo así entiendo a Baudelaire y a la poesía, haciéndola mía, deformándola y al mismo tiempo dejándola deformarme, como las mujeres, la amistad, como la muerte, pero éstos dos últimos son otros temas y otros los poetas que ahora corren paralelos al primer gran tema de la poesía de todo puberto: que es el amor; la cara de la cruz del Tánatos, que es Villaurrutia y que son tantos Vallejos y que es ese giro en que ambos rostros son una sola moneda: Rubén Bonifaz Nuño, Juan Manuel Roca, Max Rojas…
La poesía debe de ser sincera para ser cierta, para describir el interior del hombre, para reflejarnos en ella, así lo sintieron poetas como Manuel Gutiérrez Nájera o  Luis G. Urbina que hicieron de ello una poética; la exageración es necesaria cuando la realidad no nos es suficiente decía Charles Tomlinson en su “Arte poética” o Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo.
Yo amé en aquellos tiempos de secundaria como creí que lo hacía aquel hombre en el poema de “Corazón coraza”; yo necesité ser un amoroso, un ser exiliado por el amor, un hombre marcado, melodramático, diferente a todos los demás, porque el amor, el que siente cada uno es diferente, pero el que padece uno mismo debe de ser excepcional, ser un exceso de alma, ser un exceso. Yo era joven, Benedetti y Sabines lo siguen siendo, es necesario que así sea.