viernes, 11 de agosto de 2017

Primera clase


Qué pensó dios el primer día de la creación, ¿tuvo miedo, nervios?, ¿qué tan grande sería su expectativa ante la nada que agitaba entre sus manos?, ¿tiene manos la divinidad?, ¿sabe lo que son los plazos y su cumplimiento?, ¿los nervios que dan ante una fecha esperada que está llena de interrogantes? ¿Dios sabe lo que es una interrogante? La respuesta fácil sería que no, porque Dios mismo es una interrogante, tampoco entendería del tiempo, de lo limitado, en la vida no hay borrón y cuenta nueva, lo que se hace no desaparece del todo, no podemos regresar ni a los momentos de mayor felicidad ni aquellos dolorosamente puntuales.
Por qué, entonces, Dios creo un mundo que estaba fuera de sus posibilidades, por qué hacer algo muy distinto a su imagen y semejanza, por qué esbozar un mundo que él no entiende. Cómo comprender la vida si la divinidad carece de ella, porque la vida tiene un principio y un final, y no es un motor inmóvil, perpetuo, eternamente bello en su inmutabilidad, en tener mil y un caras y siempre ser la misma: lejana, estridente, sin palabras, porque la palabra nos pertenece, la lengua es de los hombres y no de los dioses; la palabra es tiempo y se da en el tiempo, da cuenta de éste y lo deforma a su multiplicidad de formas.
La palabra imagina, Dios no, la imaginación nace de lo deseado, de nuestros terrores, de esos pocos momentos de dicha suma y de la monotonía de nuestras geografías vitales. Un dios no puede imaginar porque sería imposible que estuviera insatisfecho, que fuera infeliz o feliz. La totalidad no tiene abolladuras y el hombre es un ser quebrado que trata de no despedazarse por completo.
Pienso en todo esto mientras me preparo para la primera clase de este semestre, cómo será mi grupo, qué agobios obsesionan a esta generación, qué dirá mi amigo Voltaire de ellos ―en estos momentos me siento muy alejado de John Keats; ya vendrán sus urnas y sus flautas, ya vendrá el tiempo a detenerse en las basílicas de su pintura―, ¿serán una comunidad de hombres libres?, no sé. Siempre hay mucha expectativa al inicio… Bueno, tengo café, ya lo que venga es ganancia.

viernes, 14 de julio de 2017

PUBERTAD POÉTICA









Entre Mario Benedetti y Jaime Sabines

La poesía crece como uno mismo, madura al igual que el cuerpo y sus alegrías y decepciones, ¿madura? No lo sé, ahora no estoy tan seguro. ¿Madurar es pensar en otros temas distintos del Eros, es tener otras preocupaciones? ¿Es pasar del amor a los soliloquios de la muerte o del vacío, a las “grandes” e insignificantes preguntas del ser? Es el cambio del:
Porque te tengo y no,
porque te siento,
porque la noche está de ojos abiertos,
porque la noche pasa y digo amor,
por qué has venido a recoger tu imagen,
si eres mejor que todas tus imágenes…

al
En medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen
Sin respirar siquiera para que nadie turbe mi muerte
En esta soledad sin paredes
Al tiempo que huyeron los ángulos
En la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre…

¿Es inmadurez el amor, es acaso un tránsito a la obsesión de la muerte?, ¿y el pensar sobre la muerte es acaso madurar? ¿La madurez es liquidar la cursilería, los arrebatos amorosos? ¿Por qué aprecio de un modo geométrico, abisal, enfermo a poetas como Villaurrutia y desprecio ―sí, lo he hecho― a un poeta como Mario Benedetti que tanto me ha dado?
Poemas como “Corazón coraza” han hecho visible, le han dado sus contornos y su agudeza a esa espina clavada en mí, a ese vacío que uno desconocía hasta que llega la pubertad y que uno mismo no quiere llenar porque desea “arder como la vela y consumirse” o “ser polvo mas polvo enamorado”, ser parte, de cualquier forma posible, del otro, destruirlo con la rabia de la propia carne, del inmisericorde deseo, de esa fe que se tiene uno mismo en ser en el otro y para el otro, aunque aquel no entienda ni quiera saber de tales sinrazones.
Benedetti como Jaime Sabines me hicieron darle, en mis años de secundaria, un cauce, una estructura de palabras a eso que empezaba a sufrir, el deseo que no conoce lenguaje, que no sabe de alfabetos, “que acerca tan sólo un cuerpo interrogante”, una pregunta como dirá después en mi vida Luis Cernuda.
Yo no sabía en aquellos primeros años que el amor era un monstruo ―no supe verlo―, que hacía más evidente y dura nuestra propia soledad, que es esa bestia sepultada en los espejos que nos lame la mirada, que nos mira con deseo de muerte y no sabemos si es el deseo por morirse o matarnos. “Por qué has venido a recoger tu imagen/ si eres mejor que todas tus imágenes”, escribe Benedetti, y pienso ―con estos años―, qué nos queda detrás de esa ausencia, de ese amor que nos ha dejado un espacio vacío. También el poema es en sus silencios, en lo que no dice; es en esa incertidumbre, en la ausencia inmediata del amor donde está el “amoroso” confrontándose así mismo, sólo, cautivo en sus sombras.
La pregunta que hace el poeta ―o el yo lírico― hiere, porque sugiere la soledad siguiente, la orfandad que encierra todo amor no correspondido, y en ese abandono está uno enfrentado a sus sentimientos: quiere y no quiere sentir, no desea amar y es la única posibilidad de vida. Mutilado se observa el enamorado, el grito es imposible, no hay ayuda, el Amor es el único enfermo sin hospital.
Cuando leí por primera vez ese poema no percibí esta soledad, sentí, sí, la mutilación, la falta del otro para ser feliz, pero obvié lo más doloroso de la experiencia, lo propio de mí mismo, la pequeñez que soy, el piélago de soledades que me conforman y que nadie, sino yo mismo, puedo llenar.
En ese tiempo de lo único que sabía era de ese deseo insatisfecho, de esa pena apenumbrándome; día tras día me volvía más amargo, pensé que la vida se reducía a un cuerpo y una voz y a un uniforme que me eran crueles. No entendía tanta claridad, ni la de ella ni la de Sabines ni a Benedetti, sólo veía la imposibilidad del amor, su mecanismo roto, no me veía en mi propia soledad, yo frente a mi abismo y mis temores; sólo pensaba en el futuro desastroso de la confesión amorosa, en ese “porque te tengo y no” o “el amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable”.
Yo pensaba que era debido a que el amoroso era un ser absurdamente incomprendido, que todas sus fuerzas las obtenía y agotaba en los trabajos desconsolados de su oficio de amante, en “hacer torres sobre tierna arena”, el amoroso era para mí el onanista por antonomasia. Ahora sé que no, sé que mi lectura era errónea, aunque sigue siendo sincera. ¿Hay una lectura errónea en la poesía cuando es sentida, cuando se digiere y se va integrando a nosotros?
Probablemente a mis doce, a mis quince años no pude entender ni la cuarta parte de esos poemas que leí a pesar de ser tan claros, pero la claridad también nos ciega, nuestra propia tozudez nos aferra a la verdad que mejor nos convenga, pero si no fuera así, si no hubiera sido parcial, si no los hubiera traicionado y malentendido ―la propia memoria hoy en día cambia palabras, versos enteros― no podría recordarlos, no me serían tan memorables “Los amorosos” o “Corazón coraza”, no hubieran trascendido a mi pubertad, a ese suicidio diario de tener y no tener a la niña de mis insomnios; si no fuera por todos esos poemas tampoco guardaría su rostro y aquel cuerpo y esa manera tan bruta de escurrirme a todas horas, de morir en mi propio campo de batalla y hacerme el triste, y “de serlo jamás arrepentirme”, porque sufrir también es un vicio, y una necesidad para salvar a ese monstruo del otro lado del espejo, al hermanarnos con él.
Claudio Rodríguez decía que “La claridad es un don”, y lo entiendo ahora al recordar aquellos poetas, y con ellos, a ella sobre todo en su uniforme y en su nombre, ahora tan mío, sólo mío, ni siquiera le pertenece, ya es otra y no ésta a la consagro o consagraré un homenaje idéntico al de aquellos días; sólo así “guardo la forma divina de mis amores descompuestos”, sólo así entiendo a Baudelaire y a la poesía, haciéndola mía, deformándola y al mismo tiempo dejándola deformarme, como las mujeres, la amistad, como la muerte, pero éstos dos últimos son otros temas y otros los poetas que ahora corren paralelos al primer gran tema de la poesía de todo puberto: que es el amor; la cara de la cruz del Tánatos, que es Villaurrutia y que son tantos Vallejos y que es ese giro en que ambos rostros son una sola moneda: Rubén Bonifaz Nuño, Juan Manuel Roca, Max Rojas…
La poesía debe de ser sincera para ser cierta, para describir el interior del hombre, para reflejarnos en ella, así lo sintieron poetas como Manuel Gutiérrez Nájera o  Luis G. Urbina que hicieron de ello una poética; la exageración es necesaria cuando la realidad no nos es suficiente decía Charles Tomlinson en su “Arte poética” o Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo.
Yo amé en aquellos tiempos de secundaria como creí que lo hacía aquel hombre en el poema de “Corazón coraza”; yo necesité ser un amoroso, un ser exiliado por el amor, un hombre marcado, melodramático, diferente a todos los demás, porque el amor, el que siente cada uno es diferente, pero el que padece uno mismo debe de ser excepcional, ser un exceso de alma, ser un exceso. Yo era joven, Benedetti y Sabines lo siguen siendo, es necesario que así sea.

miércoles, 17 de mayo de 2017

DEDICATORIA




Para la mujer en mis espejos,
reflejo de la noche,
ingobernable gota
que cae sobre sí misma
tañendo la desnudez
de mi sueño y mi vigilia:
máscaras, sombras;
ecos del jardín;
reflejos que desconocen su rostro,
no así sus misterios de bruma
engarzados a mi garganta;
pupilas alumbradas
en el cuello del asombro
o del deseo,
ella 
espejo que no cesa 
de sangrarme y degollarme
en distancias desiertos
derramados del ojo
que codician un espejismo,
boca y redoma de su sed.
         

miércoles, 26 de abril de 2017

LA LUZ LA OSCURIDAD









Tengo tres máscaras de gas enfrente de mí, sin ojos, vacías, rostros blancos de ancianos que fueron o de soldados, ya muertas las banderas. La mirada nunca es un punto negro aunque sea la única luz que nos refleje. Qué difícil es escribir desde ese pozo con toda la luz allá fuera; dependiendo la velocidad con que la alcancemos será el golpe de nuestra revelación. Sólo los locos son santos, nunca los idiotas, somos demasiados.
Deletreo los ojos que no alcanzo a mirar; la luz, qué lenguaje más amargo, cae de golpe y los sentidos se abren, explotan, la mente forma los siete días de la creación en un instante, traemos la divinidad a flor de labio, hasta el tuétano cargamos con este dios que se va pudriendo y pudre el cuerpo a cada milagro. Cuánta soledad…, y más rabia al no poder compartir este instante, abrir las yemas de los dedos en capas tan delgadas para que otro contemple la fragilidad del día, el dorado dolor y el temor que nos acecha: la belleza; la belleza que suavemente nos aniquila los sentidos.

 Necesito la noche para vivir, para descansar de mí descargando el mundo. La noche no está en los sueños ni en la mirada ni en los alfabetos; está en el intersticio del silencio, en ese espacio entre el deseo y la reflexión. No es duda, es sólo tránsito a ninguna parte, son los cinco segundos terminado el orgasmo, es la barca sin el pago de las dos monedas y el río sin brújula, perdido en sus tres orillas.

Aniquilación pura de la muerte y de la vida, no existir en un más allá ni en un más acá. La noche no es espacio ni tiempo. Están equivocados los temerosos y los que sueñan después de que el sol se ha extinguido. El terror y la alegría nos pertenecen por entero, son fuerzas que, o nacen de nosotros y nos superan, o nos superan y consumen hacia dentro. Lo noche no, no…. La noche es algo completamente ajeno al lenguaje y al cuerpo, la noche no conoce de divinidad, la noche no se conoce, no se recuerda ni se olvida.

viernes, 10 de marzo de 2017

ELEGÍA



Labro las sombras de la hoja, blanca, pesadamente blanca. Me doy tiempo para sepultarme, dejar de ser esto, olvidar que en los ventanales se refleja mi cuerpo y la tarde…, qué pronto se hace tarde.
Afuera ya cae la noche en los árboles, los cantos de los pájaros amortiguan sus alas, los pasos adquieren otro ritmo, una manera de caminar en un reino que nos rechaza y que tratamos de ignorar con los esfuerzos de la luz eléctrica y el ruido de nuestras voces. Los gatos marchan a sus sombras, guardan de nosotros sus lunas.
No hay pausas en la existencia, estoy obligado a estar, a buscar una salida de ese laberinto que fraguo a mi placer, línea a línea, hoja por hoja, quisiera perderme en este destino, en este punto de guardado de mi memoria.
La única sabiduría es la imaginación, el génesis de los dioses y de los hombres, el verdadero reino de Nunca Jamás. No quisiera salir de aquí, me falta tanto por conocer, qué habrá en la siguiente palabra, al doblar la frase, ¿aparecerá en ese punto ciego de mi vida un destino o la espada de una revelación?
La gente tras la puerta me apura a dejar la pluma, me arranca la escritura y hay tanta orfandad entonces, quisiera cerrar los ojos, negarlos, pero la juventud no permite que se le niegue, no pide permiso para arrancarnos los ojos. La belleza nos aniquila Rilke y es el tiempo quien le da su monstruosidad, quien me avisa que pronto serán las seis y tendré que forzarme a salir de mí mismo, hacia no sé qué parte de mí y de los demás.
Leo el título del libro que tengo sobre el escritorio: Las elegías de Duino. Hoy veré en clase la primera; tan poco el tiempo para hablar del amor y la muerte, de esas voces que nos conforman, de este nombre que parece un diente flojo.
Entran en tropel, nos saludamos, trato de conservar mi unidad, de ser uno en este cuerpo que se niega a contenerme, qué ángel desdeñoso me estrecha ahora, qué boca me destruye contra su corazón y guía mis palabras; y sí Rilke: “La belleza no es sino el nacimiento de lo terrible”. La belleza…, qué difícil es empezar una elegía con una pregunta sin respuesta y con tan tremenda palabra. La belleza, ¿realmente existe sin destruirnos?