jueves, 21 de junio de 2018

A MI MAESTRA CON CARIÑO



La lucidez es fuerza en su voz, es llama que sin quemar calienta. La claridad para serlo debe madurar, tostarse con calma, a su aire o dejar que la pulpa suavice con sus zumos la terquedad de la cáscara, la amolde a sus sabores y olores que la definen. Nadie aprende del arrebato o de la violencia, sí de su dolor, de la estela que como cicatriz deja en ellos. No es la saliva la que cura la herida, es el recogimiento de la boca sobre la carne abierta, sobre el descalabro, sobre la memoria que recuerda los pasos andados, los tropiezos, la furia que ahora se abre como la palma de un niño, como las alas de ciertas mariposas, y entonces la luz o la forma de seguir avanzando en este río que sin piedad nos precipita siempre al mismo mar de todos los hombres. Siempre es una la muerte y es distinta para todos.
            Viste saco verde, blusa blanca y una medalla de la virgen de Lourdes que relumbra a la par que sus alfabetos ordenados y tan mansos. Al escucharla parece que los trabajos de la palabra no son tales. Con cada oración que teje se me figura fácil hilvanar letras, oraciones, que yo mismo podría dirigir el pensamiento hacia un punto en concreto sin perder la ruta, pero es una de las bondades de la sabiduría: hacernos contemplar lo complejo de una forma agradable y sencilla; como si nosotros mismos pudiéramos hacerlo. Sólo es cuestión de intentarlo me digo, pero no, de allí la virtud y el trabajo. 
No cualquiera puede darle cuerpo a la palabra, hacer tangible la reflexión, mostrar uno a uno los giros, las rupturas, las bifurcaciones de ese aire que es apenas una idea y que pocos pueden adiestrar, hacerla palpable como ese traje invisible que en cierta ocasión alguien tejió de palabras para un rey. Fue esa vez, esa única vez que las letras valieron más que el oro para un monarca.
Cuántas veces me he sentido como ese rey, cuántos reinos no habría dado por un cofrecillo lleno de esas historias; y qué lector no termina alguna vez como ese reyezuelo, qué alumno no queda hechizado ante la orfebrería que construye, palabra a palabra, un buen maestro de literatura para hacerle visible y tangible lo imposible: el traje nuevo del emperador, esencia misma de la imaginación, de la literatura, de la infancia irredenta que no deja de acosarnos nunca.
            Habla sobre Nervo y Torres Bodet, del primero menciona que es víctima de la sinceridad, la escucho y en esa sala todos somos víctimas de la suya. ¿Se puede hablar de la escritura de alguien, de la poesía sin ser totalmente honesto? En esa sala no hay una sola persona que no haya sido su alumno, no hay nadie que no sienta pálidos los pies. Es espesa la melancolía cuando tiene rostro o cuando su encuentro es presente que no dura, nunca dura, lo vamos dejando sin quererlo siempre. Es blanca la melancolía en el corazón, casi una nata sobre sus latidos apresurados.
            “¿Qué cosa de valor no es triste?”, cita a Torres Bodet y ella, Lourdes Franco, en ese momento es la perla más triste que haya tenido el gusto de contemplar. Extraño mi época de universitario, de alumno puntual, entercado en seguir siéndolo por siempre, pero el cabello se destiñe al viento y los años son tan perros en la belleza de su memoria, en la rabia de su fuga. ¿Qué cosa de valor no es triste?, ¿qué pasado furioso en pervivir no lo es?
            “Estupefacción ante el universo”, señala de ambos poetas mi maestra; y qué es un maestro sino un hilo dorado que nos guía a enfrentarnos con nuestros demonios, con nuestra vida misma, con el universo que está formado de preguntas e incertidumbres, con el amor que es una piedra asolada por el sol y el agua a la vez.
            Habla de la soledad,  de esa sonrisa tan asolas del poeta,  tan íntima en su silencio, en su habitación que espera el largo instante del suicidio, porque a veces el corazón no puede con tanta derrota y con tan poco tiempo; habla del encarnado laberinto que acosa a Bodet y a Nervo, del alma, y qué es el alma sino una fidelidad con el pasado, la pervivencia del amor más allá de la muerte, el eco que creemos tocar con todos nuestros sentidos, las sombras que en pleno verano nos acosan.
            Los poetas para paliar la herida de su vacío, el largo río de sus días negros, hacen de su quehacer poético un “ejercicio armónico de sus conciencias”, y si algo podría decir de Lourdes Franco Bagnouls es que sus pláticas, sus clases, sus libros siempre han sido un ejercicio armónico de conciencia. Un amoroso equilibrio entre el calor y la humedad del corazón.
            Agradezco a mi maestra por todas sus enseñanzas, por la claridad que le dio a la penumbra de mi vida, por hacerme desear ser un maestro tan bueno como ella misma, pero sobre todo por desear ser un buen ser humano, al menos lo más decente que un indecente como yo puede ser.
Gracias Lourdes.



miércoles, 21 de marzo de 2018

PRIMAVERA




Sentados, mueves la tarde y es tan lento el sol, tanta pereza sobre las hojas de una primavera que comienza. Me gustan tus piernas, se siente bien el pantalón sobre ti, hay una holgura del instante, un acomodo de las pequeñas cosas en unos versos que hoy no quisiera decir y los digo. El amor nos revela siempre una muerte; tu rostro es su antelación, tu cabello negro fluye más allá de su obscuridad y escucho los pájaros allá afuera, su gobierno del aire, la manera tan suya de habitar las regiones de la locura, del hirviente calor que me atosiga los sentidos y descuadra una razón que a golpes de cordura y gramática he domado miserablemente.

Pasa el mediodía en mi voz y en tus ojos, pasa en tu rostro y no te enteras de la semilla de obscuridad que germina en esta primavera, en las líneas de tus gestos. ¿Cuántas primaveras se agitan en la sombra de la llama?, ¿cuántas incubamos a espaldas del sol? Hablo y mi voz se esparce hacia donde no la alcanza mi boca, ¿qué sentido tienen las palabras que dejamos de poseer?  
Hacia afuera el polen y las semillas, las alas y un trino desesperado por atizar una orgía de vida. El mundo florece en mi contra, a pesar de mis esfuerzos por mantenerme en el centro de un círculo ilusorio, sobre una línea que va haciéndose más clara hasta ser un resplandor que me ciega. Qué bellos son tus senos Sunamita, parecen dos borreguitos ovillados y dormidos, dos palomitas acurrucadas en un viaje sin tempestad. Termino de hablar y es necesaria una cerveza para hacer respirable el silencio de cualquier primavera.


martes, 27 de febrero de 2018

RESURRECCIÓN




Y a veces, uno desea prolongar unos muslos, un coño, la erección, los orgasmos. Somos tan diminutos y el reloj es demasiado cuando nos destroza el deseo y sólo tenemos un esqueleto que se vuelve más viejo.
Desnudo contemplo la habitación oscura, vacía, palpo tu cuerpo que interroga mi tacto, ¿qué toco?, ¿qué quiero?, ¿soy capaz de izar una tormenta tras otra, soy capaz de seguir irguiendo un suicidio tras otro? ¿Qué hueso aún sigue entero y no tiembla, qué vertebra no terminaste destrozando?
Te acaricio, no quisiera que durmieras o quisiera que el sueño nos juntara enteros, nos diera la posibilidad de la llama, de ser temblor de hogueras y cicatrices, de seguir siendo parte de la noche y de los gatos. Miro mi cuerpo, el vientre húmedo, el falo que terminé por desbocar, aún escurre un poco, aún tus dedos sobre él son el recuerdo de la violencia, del odio o el deseo que siempre se confunden y nos ahorcan. Y queremos ser aniquilados por el otro y seguir siendo, ser los náufragos en la balsa y ser el mar, el implacable, el arcaico, el olvidado mar.
Toco tu coño, lo acaricio, persigo la línea de tu sombra, los contornos de tus labios, tengo los dedos mansos, algo niños y no puedo evitar sucumbir a la travesura, al abismo, a la crueldad de meter un dedo y luego otro, soy como un oso ante un panal de miel, ¿cuánta miel hay en el mundo, cuánta miel en una caricia? Es tan negro su aroma,  es tan bruto como mi sudor y tus axilas.
            Me miras de reojo, palidece un poco tu boca, unos hilillos de baba; la prisa por devorar todo el aire que nos queda impulsa tu mano sobre mi miembro y es temprano aún para pensar que los muertos no reviven, para retornar a nuestro santo ateísmo.


miércoles, 14 de febrero de 2018

AMORES Y LIBRETAS




Una libreta acarrea muchos problemas sobre todo al abrirla e intentar escribir por primera vez en ella. No es que intente reflexionar sobre “x” o “z”, poco importan los pensamientos sobre la vida y la muerte o los desgastados bolsillos donde se guardan las preguntas, siempre las mismas, sobre el ser; la filosofía es como un loco en los parques públicos, como el Bautista vestido de limosnero, pero me estoy desviando. Tampoco es que pretenda escarbar en la mugre de las uñas buscando el sentido de la divinidad o mirar en las jaulas de las tardes o en las del recuerdo.
Cuando al fin me entregan una nueva libreta observo sus cantos, sus lomos, la imagen que escogí, el tipo de hoja: color, textura, densidad; los separadores o separador, la calidad de los materiales, las medidas, si está o no está bien alineada… Es importante porque el objeto lleva a la escritura, pero a cuál, esa es la pregunta que me hago al abrirla, con qué palabras inaugurar el juego y los suicidios de la escritura, si es hermosa se complica porque mi caligrafía crece igual que mi barba: disparatada.
Mi letra es horrible, horrorosa, la odio pero ella encierra mi propia esencia desgarbada, tectónica, errabunda. Es cierto que es incansable, podría escribir todo el día si no tuviera la necesidad de comer e ir a trabajar, me emociona trazar una palabra, la que sea y después juntarla con otra y luego otra y crear todo un país sinsentido, inconsciente de su propia hechura, de lo patas arriba de su forma; mi escritura es tan fea que me tardo más en descifrarla que en trazarla en el papel, a veces me doy por vencido y doy a la pira del olvido cuentos, poemas, crónicas y ensayos y cuanta cosa vomite y sean indescifrables.
Podría mentirme y decir que es con pesar que escribo las primeras palabras en una libreta. Es falso. Hay algo de perverso en el dibujo de las primeras letras, un goce por desfigurar la virginal armonía, la paciente luz que no esperaba un garabateo tan desmedido. La escritura siempre es una violación de la pureza y en un cuaderno en blanco es doble la violencia, porque nuestro primer goce, el regurgitar de nuestra brutalidad será su primera memoria, su rostro inicial, la semilla de su cuerpo, las deformaciones de sus alfabetos.
Pero hay libretas muy dignas que se imponen sobre mis querencias, que me impiden maltratarlas, su presencia es un espejo que me muestra tal cual soy: barriobajero; que hace más nítido el olor de hígado encebollado en el aliento o acentúa la grasa de la milanesa entre los dedos. De pronto, no soy más de lo que siempre he sido, abajo los sueños de ser escritor, abajo esa imaginación que se desborda en filigrana de tinta, en hondura psicológica, en apretadas cotas narrativas, se es lo que siempre se ha sido: un hombre obtuso, un mal prosista y peor poeta.
Lo mejor sería quemar la libreta, pero el orgullo, el maldito orgullo hace apretar las pastas, triturarlas entre los dedos o abrirla sin consideraciones, nada de gentilezas ni de cariños, arrugar el papel y mancharlo con la grasa de la comida o el queso de los cheetos y escribir la primera sandez, el primer ripio, el primer lugar común, el más común entre todos, al que cualquier mujer con dos dedos de frente escupiría sin pensarlo dos veces, ése el que su sola imagen nos hace sonrojarnos, sentirnos fieles discípulos de un Emilio Larrosa y de tantos pelmazos que creen que el amor es dulce, que es un ramo de rosas, que es un hotel atiborrado de semen y gemidos un 14 de febrero.
            El amor es más parecido a una maldita libreta nueva, una libreta que es un enigma y una advertencia, un destino que no sabemos si acabará con nosotros pero no podemos evitar recorrer ni dejar de clavar en él el escalpelo de lo que somos, el deseo que nos mueve a intentar una y otra vez prolongarnos en esa escritura infamante que nos designa, en esa negrura con la que tratamos de cubrir esa belleza inalcanzable, esa armonía en blanco que sólo el papel impoluto contiene y que la escritura jamás podrá conseguir, porque la sombra surge de la imperfección de nuestro cuerpo, pero la sombra también es la verdadera alegría del amor.

jueves, 25 de enero de 2018

NOCHE EN PACHUCA


Nunca he sentido un frío tan pleno, tan muscular y al mismo tiempo tan nutritivo para el espíritu como el de aquel viaje de regreso al DF de unos quince años en la caja de una pickup desde Pachuca.
Contrataron a mi tío para filmar el evento en un pueblo de por allá, llevó dos achichincles, mi primo y yo, al final sería uno nada más, a mis doce, trece años era muy torpe para servir de algo. Me dieron la cámara por quince minutos y en lugar de filmar a la quinceañera preferí meter el zoom sobre una de sus amigas. Yo era un puberto y mi mundo eran los rostros y los escotes de las mujeres rubias. Mi tío no podía culparme de nada, quién le da la cámara a un mono en celo, a alguien que está en estado de ebullición.
            De ella no me acuerdo, quisiera creer que usaba lentes y el cabello recortado a la altura del cuello y con flequillo, portaba un vestido negro, un corte simple y entallado, con holanes a la altura de los hombros ―es necesario para la verosimilitud ese horrendo detalle―, y sus senos, vaya, eran como el inicio de todos los veranos, como el primer día de vacaciones o la primera vez que uno ve al mar o como la uva que se fermenta poco a poco en la boca hasta embriagarnos. Ya no importa cómo era, pero era y es ahora, como aquella erección que no me permite dejarla en un recuerdo  ―pero este recuerdo le pertenece a otro escrito.
            Nos dieron de comer y de beber, no tomamos casi nada y tragamos como si un meteoro estuviera a punto de estrellarse con la tierra; en mi familia, en cambio, el alcohol era un animal temido. Lo sigue siendo, pero ya no importa ser devorado y escupido por él, a mi edad ya no es la bestia que me da más miedo.
La fiesta transcurrió sin pena ni gloria como la mayoría, las mismas canciones, el sacrosanto “Payaso de rodeo”, “Sopa de caracol” y “El venao”… Ni siquiera tiraron al novio al lanzarlo por los aires y la liga fue lanzada después de dos conteos falsos.
            Recogimos lo más rápido que pudimos, la camioneta que nos llevaría al DF ya tenía el motor encendido porque los favores pesan y hay arrepentimientos que se expresan en odios menores.  El frío, un espanto, sentía su aliento en mi nuca, a lo largo de mis piernas y en los pies, cómo duelen los pies fríos. Me fui en la caja con mi primo, nos tratamos de cubrir con una lona agujereada pero era inútil, el aire no conoce de razones ni de sosiegos.
            No pasaron ni cinco minutos cuando perdí la conversación de mi primo, el cielo me jaló, nunca vi uno como ése, era como una mina demasiado alta, con minerales azules y blancos incrustados en la piedra negra de la noche o como las pupilas de esos monstruos que están condenados a matar a todo aquel que ose estirar la mano más allá de su pelambre obscura o a mirarse demasiado tiempo en sus ojos. No hay torpeza más grande que la vanidad, no hay belleza que por sí misma no muera y destruya.
            Yo no era un héroe ni había leído lo bastante para encontrar una razón o una cartografía en las estrellas o una maldición en ese guardián que no dejaba de mirarme.  Tampoco se me quitó el frío pero al menos dejé de engañarme y retiré la lona. Cuando el frío es un estado del alma no hay soles que nos calienten.
Qué pequeño era en esa pickup bajo el aire del campo, bajo la desnudez nocturna que nos reclama y nos exige algo que no entendemos, sólo sentimos porque no tenemos palabras para trazar una letra o una coma del universo. Qué es el universo sino una serie de preguntas a las cuales sólo podemos imaginar su respuesta.

Si algo sentí fue ese reclamo, esa necesidad mutua de ser algo más allá de un hombre y su horizonte, de dos miradas que no saben por qué se miran pero no dejan de hacerlo. Esa noche fue la última que me miró así y la última que miré con esas ansias de poderlo y perderlo todo al mismo tiempo. Esa noche, sin quererlo, perdí algo de mi torpeza y maduró aún más mi niñez. 

miércoles, 3 de enero de 2018

POESÍA ERES TÚ


Me gusta escribir poesía porque a veces hay una revelación en la palabra, un enigma que me anonada y me supera. ¿Qué quise decir en tal texto?, ¿qué es este sentimiento que emana de la metáfora?, ¿por qué esa imagen, precisamente esa imagen vino a mi cabeza, de dónde surgió? Muchas veces no lo sé, pero es seguro que me deja intranquilo.
Los buenos poemas dejan a la razón temblando y al alma o a la parte sensible de nosotros en una exaltación que a veces nos eleva pero otras nos arroja a un abismo inmisericorde; cualquier poema de Elizabeth Bishop me deja así, por ejemplo estos versos: “The apparitions are manifest,/ their bodies weigh less than light,/ lasting as long as this phrase lasts” (Son manifiestas las apariciones, pesan menos sus cuerpos que la luz, duran tanto como la anchura de esta frase). La traición poética es mía, pero también mía es esa duración de su luz, de esa aparición que tiene una forma y un peso que no comprendo, pero siento en mi interior toda la anchura de su carne.
La buena poesía debe de dejar esa sensación de no saber qué se siente o dejarnos intranquilos, incómodos porque no somos dueños de una sola respuesta, es sentir que estamos dominados por un cuerpo extraviado, que es el nuestro. “¿Tú sabes a lo que sabes?”, escribió Alfonso Reyes; y es un verso que parte de lo intelectual hacia lo sensorial y después, ¿baja hacia dónde?, ¿a qué regiones de nuestro ser?, porque el sabor no sólo entra por la lengua y el olfato, el sabor también se mira y se escucha y siempre es el otro quien gusta de nosotros con todos sus sentidos, a veces también con su razón.
La poesía sí, está más cerca de una revelación, pero no divina, sí trascendente, pero lo es sólo para nosotros, porque es un conocimiento indescifrable de uno mismo que vamos paladeando, que no se puede obtener por medio del psicoanálisis o de un examen de conciencia, es esa sabiduría del instante, es el relámpago y el rayo que nos muestra el sendero de nuestra oscuridad, nunca su fin ni su principio, es ese momento en que sentimos la escoriación de nuestro infierno interior o de esa súbita alegría que nos jala hacia dónde.
Somos el centro de la divinidad, porque en nosotros nacen sus milagros y sus maldiciones, no hay dios fuera de mí, porque éste necesita comunicarse conmigo, crear una armonía en este cuerpo sordo y ciego. Si yo no creo, no existe un más allá, si no imagino no hay dios posible, no hay una horma para estos sentimientos que piden su suicidio diario.
La poesía logra mostrarme una anchura del mundo, de mi mundo que desconocía y que quizá se crea sólo para mí. Soy la aparición en ese milagro que es la voz del poeta, soy su fantasma, el invitado que no se espera y llega siempre, la forma de la palabra.

No hay temblor más profundo que aquel que no tiene un centro, no hay temor más grande que lo desconocido, como el amor, la muerte o la alegría, porque ésta última también nos hiere. La poesía es ese temblor y ese temor, somos su centro y su movimiento, ese espejo que a veces refleja un rostro, a veces ninguno y otras un pez ahogándose fuera del agua.