viernes, 24 de diciembre de 2010

ROGER WATERS Y EL MURO DERRIBADO POR LAS EMOCIONES


Por Joselo Gómez

Cada vez que topo con pared, cada que mis sentidos se ven cercados por la frontera entre lo que percibo y lo que ya no puedo vislumbrar, pienso en mis límites, en la insuficiencia de mis fuerzas humanas ante la fría sordera de la piedra, y en la necesidad primigenia de encerrarnos para protegernos, ya sea de lo desconocido, o bien, de lo que conocemos demasiado como para desear que se repita. Pienso entonces en la historia de Josué, en las murallas de Jericó, y me doy cuenta que esos muros que nosotros mismos construimos sólo podemos derribarlos con la intervención de fuerzas superiores. Pero las murallas de Jericó significan poco o nada para mi generación, que ve en la Biblia un vehículo de aburrimiento y ñoñería. Entonces viene a mi mente un muro más atractivo, uno que es creado y destruido en pocas horas bajo el hechizo de una música sin la cual nuestra época, simplemente, sería muda.

El show The Wall, de Roger Waters expone, con todos los aciertos de su creatividad artística y echando mano de todos los recursos de la tecnología audiovisual, las insuficiencias más profundas del hombre contemporáneo, sus errores y sus miedos, para construir con todas ellas una especie de tótem, un muro que hace evidente nuestra ceguera e impotencia, pero que en el fondo es un monstruo engendrado por nosotros mismos.

El muro lo construyen las limitaciones de toda índole: las sociales, las intelectuales e inclusive las físicas y espirituales. El maestro autoritario, golpeador y sarcástico, incapaz de reconocer los talentos de los niños; una madre sobreprotectora, empecinada en mantenernos limpios y saludables en su grotesco regazo; un padre que jamás volvió de la guerra; un conjunto de mujeres que representan la banalización del amor, el peligro de ser devorado por la planta carnívora del sexo, el eterno femenino que nos atrae para destruirnos… todos estos personajes, cargados de una densa significación en la dimensión psicoanalítica se proyectan a la esfera de lo social: el padre ausente es consecuencia de una guerra absurda y sucia. El cerdo de las ideologías flota sobre nuestras cabezas y tapa el cielo azul; los aviones de guerra dejan caer bombas con los sellos de religiones, regímenes sociales y empresas multimillonarias. Así, el confort de un Mercedes-Benz y los colores de un televisor HD son lujos que cuestan vidas humanas y aquí es donde la frase profética de Hobbes cobra sentido y todos somos lobos de nosotros mismos.

Roger Waters ve en el martillo el símbolo ambivalente de la construcción y la destrucción; un martillo es también un puño cerrado por la ira, y en él se concentra el poder; los muros pueden caer bajo su furia, aunque también pueden construirse nuevos. La misión “educativa” del artista –después de hacernos gozar tanto con el retrato de todo cuanto sufrimos– apuesta por la caída de los muros, porque nuestra alienación (valga el término marxista) es finalmente lo que nos convierte en “another brick in the wall” [otro ladrillo en el muro]. La forma como se nos educa para adaptarnos al tejido social es también el modo en que somos moldeados para encajar en ese muro, en esa ceguera que nos limita, y es eso lo que debemos romper y derribar. Sobra decir que la alusión al Muro de Berlín es la manera de vincular la obra de arte con la realidad histórica que contextualiza su creación.

Para poder continuar sanamente con esta perorata tengo que reconocer su origen en una reseña fallida: mi misión era reseñar la serie de conciertos ofrecidos por Waters en nuestra ciudad, sin embargo, la profundidad de sus significados me llevó por rumbos muy distintos, y para darle a esto cierto tinte periodístico me gustaría desarrollar cómo es que se refleja en el espectador una obra de arte como la que tuvimos el privilegio de presenciar hace unos días en el Palacio de los “Rebotes” que, milagrosamente, afectaron muy poco la acústica del concierto.

En su ensayo La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa habla del efecto que suele traer consigo la música en esta era del rock. El autor apuesta por la banalización de la cultura, y por la muy evidente caída en la calidad de los “productos culturales”; en su afán, habla de la música moderna como un sustituto, o un disparador, más bien, de un comportamiento equiparable al fenómeno religioso de las culturas antiguas:

No es forzado equiparar estas celebraciones a las grandes festividades populares de índole religiosa de antaño: en ellas se vuelca, secularizado, ese espíritu religioso que, en sintonía con el sesgo vocacional de la época, ha reemplazado la liturgia y los catecismos de las religiones tradicionales por esas manifestaciones de misticismo musical en las que, al compás de unas voces e instrumentos enardecidos que los parlantes amplifican hasta lo inaudito, el individuo se desindividualiza, se vuelve masa y de una inconsciente manera regresa a los tiempos primitivos de la magia y la tribu. Ese es el modo contemporáneo, mucho más divertido por cierto, de alcanzar aquel éxtasis que Santa Teresa o San Juan de la Cruz alcanzaban a través del ascetismo y la fe. En el concierto multitudinario los jóvenes de hoy comulgan, se confiesan, se redimen, se realizan y gozan de esa manera intensa y elemental que es el olvido de sí mismos.

Estoy de acuerdo con el reciente ganador del Nobel, sin embargo creo ver una palabra que no aplica en el caso de Roger Waters: inconsciente.

Corro el riesgo de caer en la idealización del público de este artista, del cual me confieso como parte activa. Sin embargo también me considero parte de otros públicos musicales totalmente encasillables en la postura de Vargas Llosa, así que no se trata de defender mi ego intelectual. Yo estoy convencido de que el público de The Wall estaba perfectamente consciente de lo que iba a ver, pero consciente en un sentido más profundo, en uno que va más allá de “la civilización del espectáculo”: la gente no iba a ver a la “leyenda del rock” o el gran show audiovisual. Este público iba a reafirmar junto con su artista una postura y una forma de ver la vida, el mundo. Sí había una comunión, un éxtasis y una magia, pero también esa intención de ir a derribar un muro de opresiones, de cruzar los puños en alto y evocar el martillo que abre la brecha para liberar a cada ladrillo, a cada uno de nosotros, del entramado que nos asfixia con la comodidad de la parálisis. Los niños crecen y los sueños se van, todos los que asistimos a ese concierto fuimos a buscar infancia y sueños perdidos detrás de un muro; quizá sólo los encontramos por momentos, fue por eso que lloramos como con la emoción de ver a un padre volver vivo de la guerra y gritamos con la euforia que usaríamos en un mitin político que pregona mandar a la mierda la política de mierda, por ello perdimos una noche de comodidad frente a un televisor y finalmente lloramos otra vez porque sabíamos que, al salir de ese recinto, los sueños volverían a perderse, seríamos adultos de nuevo y el muro seguiría ahí y ya no tendríamos más fuerzas para derribarlo.

El bíblico Josué y el contemporáneo Roger son los profetas; el rock hace sonar las trompas guerreras de los israelitas; la muralla de Jericó y el muro en el Palacio de los Deportes caen simultáneamente. Es la catarsis que genera toda obra de arte...





Joselo Gómez nació en el DF, en 1984. Desde niño ha sido aficionado a la lectura. Ha cursado e impartido algunos talleres literarios. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM y participado en varios eventos literarios, así como en diversas publicaciones independientes. En 2010 recibió Mención Honorífica por su participación en el Concurso 41 de la Revista Punto de Partida. Actualmente se desempeña como profesor de Literatura, traductor y editor de textos.

sábado, 4 de diciembre de 2010

ÉCHAME UNA MIRADA AL MENOS DE…


A veces me descuelgo del alumbrado eléctrico, sólo a veces, cuando el vértigo me hace mirar hacia abajo; entonces veo cómo mi sombra se columpia en las paredes, en el pavimento, en los parabrisas de los coches estacionados, en las miradas de los conductores que tienen mucha prisa y yo siempre he sido muy lento para atravesar las calles, para decidirme entrar en algún bar o para salir de él. En ocasiones ni tomo, porque ya voy ebrio de tantas cosas y quiero pensar que el camino me ayuda a irlas dejando, pero sé que es un espejismo, porque el caminar no hace más que hacerlas girar y girar en mi mente.

Cuando de verdad noto que estoy jodido es al llegar a Bellas Artes, digamos que es el punto de todas mis catarsis. Siempre me ha gustado sacar muchas fotos o ver a las mujeres pasar, me complazco en la belleza, es quizá una de las pocas cosas que aún me ponen contento. Colecciono cuerpos, rostros, a veces una sonrisa y si no lo hago, si llego con este pinche frío de invierno a sentarme en alguna de las jardineras del palacio y ni siquiera me fijo en el peso de un perfume o en la carcajada de un esmalte de uñas es porque realmente estoy fregado.

Y hoy precisamente estoy así porque necesito que me echen aunque sea una mirada de arriba abajo; bueno, el plural fue una putería de mi parte, porque realmente lo que quise decir es que necesito que tú me eches una mirada de arriba abajo y…

Es por ello que no quisiera tener que salir hoy, precisamente hoy, hoy, hoy que tengo que ir al centro y cumplir con esos rituales sociales; temo no querer fijarme en nadie más, de comprobar esta jodidez tan rotunda como la de mis bolsillos, como la de mis zapatos o la de mi cara recién rasurada.

Ya veo mi mano que sostendrá una cerveza tratando de ser parte de algo, de pertenecer a un grupo de gente: sonriendo alguna gracia, tararear las mismas canciones de siempre, poner la sonrisa como puerta cerrada a las preguntas.

Sé que tomaré tratando de mendigar algo de olvido, pero en mi tacto –porque sé que la vida no da tregua- no el olvido, ni el vidrio de la cerveza sino la humedad que imagino en tus labios, la de tu entrepierna que se agita quizá como los gatos que no se dejan definir hormigueará en mis manos. Y entonces pediré otra y otra más para traerte a mi lengua que ya habrá olvidado el peso del alcohol, pues serán tus senos, tus muslos, tus glúteos ebrios de ambar, de ciudad a las doce del día, de pared empalada por la miel negra de tu aliento lo que calara en mis huesos por cada trago que tenga que pagar por traerte a mi lado, para imaginarte en los reflejos de la ventana donde mi rostro dejará de tener un reflejo triste, pues tú te agitas en todas esas cosas solitarias, abandonadas en los ángulos de polvo que sólo yo veo entre el tintineo de sonrisas, entre los bailes, entre bar y bar que enmascaran esos silencios que señalan tu presencia y mi ausencia mientras choco la botella y digo salud y tú te adelantas al ruido, a la palabra, a la fiesta y por eso mi voz surge entrecortada porque una parte se ha quedado esperándote en ese rincón donde nadie más sino tú, sólo tú puede reclamar como suyo.

Y probablemente, porque de verdad sé que es muy probable, me diré esos versos en medio del griterío de mi carne o quizá me torturen en voz alta: “échame una mirada al menos de arriba abajo, mira cómo estoy de cabo a rabo…” y habrá quien -porque así son los amigos- que derrumbe mi felicidad con alguna de sus puterías tan oportunas y yo tenga que aplaudir la gracia y volverte a guardar únicamente para mí, en esos ángulos, en esa soledad que se humedece de mis labios hacia dentro.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

LA MUERTE Y LA FLOR


Recostada sobre mi pecho,

en la risa de tu edad me dijiste

¡mátame!,

pero qué sabes de la muerte;

tu cuerpo es una plaza de pájaros,

de senderos abiertos, sin término.

Me miras como crees que se miran

las cosas importantes:

llenas de polvo la palabra

con la torpeza de la solemnidad.

Yo entonces surco tu cabellera,

tu labio inferior, tu cuello;

la Codicia va descendiendo por ti…

Susurras que te mate…

pero en tus ojos

un parque se columpia.

Y tú no lo sabes, cómo podrías;

y yo quisiera negarla, negar esta muerte

que hace tiempo

se acuesta entre nosotros.

sábado, 20 de noviembre de 2010

HORAS INDECISAS


A ciertas horas indecisas, cuando no sé si mi mano se desdibuja en la obscuridad o es dibujada por ella, en esos momentos temería verme al espejo o encontrarme conmigo mismo, con mi mirada dentro de las sombras, oculta a medio camino sobre un puente solitario, donde el alumbrado eléctrico no hace más que acentuar la negrura y la sensación de desamparo, de pérdida, alargando mis pasos en el camino, ese eco que sólo yo y quizá el otro escucha lleno de odio, irritándole los músculos y los abismos donde me espera para tomar mi mano, para quebrarme con un hola, desmoronando los castillos de polvo y sangre en los que he sustentado mis huesos y de los que me he aferrado para vivir sin él.
El exiliado, el vagabundo, el único de los dos quien podría sonreír, escupir su aliento sin vergüenza, su rabia, arrancarse la ropa para sentir el frío y la muerte; aceptar los cuchillos que hieren mi cerebro y que he tratado de dormir en el alcohol, reconciliar en la escritura.
Ahora mismo, cuando tiemblo en este cuarto sin luz, lo invoco por necesidad tomando la precaución de alejarme de los espejos, aunque no sé cuál sea esa mentada necesidad ni deseo que él aparezca; más aún, quisiera creer que jamás ha existido, que yo me lo he inventado o que aquel que verdaderamente se oculta soy yo; yo el expatriado, el que necesita pedir y cobrar las cuentas que el otro por cobardía nunca quiso tomar en sus manos, arrancar esos tres pelos que le mostró la calva del azar.
Pero no, sería absurda la máscara, disfrazar la mediocridad, la pusilanimidad y pretender que jamás se regresó sin el rostro deshecho, con el alma llena de orines, sostenida por mí, expulsada en este odio que ha formado la boca con la que tantas veces he intentado salvarlo, aunque la sangre cada vez pesa y puede menos.

lunes, 15 de noviembre de 2010

NADIE EN EL ESPEJO


Hay tuercas que nunca se ajustan del todo a la vida, que me hacen ir con los huesos enflaquecidos y con la sonrisa amarga. Juro que mi primera intención al escribir estas palabras era para hablar en tonalidades verdes y azules, para mostrar mi rostro en los vidrios de los espejos con una sonrisa que raye el cristal, que niegue la memoria irrecuperable de las veces en que he tratado de buscar alguna seña de identidad, algo que me haga sentir que estoy yo en ese nombre que repito ante esa otra cara que me refleja esa misma palabra que ya no termino de pronunciar; irrecuperable porque no llega a empañar el espejo donde yo la miro, mucho menos mi carne que escucha el “Roberto” seco, sin intención de apretar mi garganta ni dejar un regusto en la lengua. Los colores nunca tienen el matiz con que se les sueña.
Me gustaría sentirme como ese Nadie que va en camino de recuperar las letras que lo invoquen, que lo conformen más allá de la escritura, que le devuelvan toda una ciudad o sino, al menos, una calle, un cuarto y una voz que lo restituyan al tiempo, a ese devenir al que de nuevo es parte, es herida, es pregunta que se abre pues alguien ha pagado el oro al barquero por su nombre; y la muerte otra vez duerme en los remos que ya ha olvidado por causa de ese rostro en el espejo donde al fin se mira mirar y traza con el vaho de su aliento en el vidrio esas letras necesarias para ir enfocando cada día el esqueleto sobre esos colores que nunca son los que se esperan.

jueves, 4 de noviembre de 2010

EL EXILIADO


El exiliado jamás podría ser comparado con Odiseo, pues su viaje no es un regreso a casa ni parte pensando en el misterio que impera en la aventura. No, el viaje es incoloro, las olas, las nubes o simplemente los edificios que se suceden en cada paso representan lo perdido, el olvido que se empeña, como el cíclope, en cerrar las salidas de la memoria hasta imponernos el Nadie, Nadie. Pero a lo único que el exiliado está obligado es a conservar su nombre, pues en él está cifrada su vida, su tierra, el honor –quizá– , algunas calles, ciertos encuentros con el azar que le mostraron el umbral de pequeñas dichas.
Ese encuentro llamado felicidad que tiene la forma de un esbozo de sonrisa, de hormiga en sus manos que hace que el tiempo del retorno, si es que lo hay, o la sola esperanza en el regreso, haga habitable su eterno desarraigo, el constante extranjerismo al que está confinado. Pues esos tinacos que ve muriendo en las azoteas o el frío que vacía la calle y abofetea su cara, rasga su ropa y su sombra, lo van disolviendo, haciéndolo el fantasma de sí mismo, de sus propios pasos que siempre avanzan hacia atrás aunque se quede fijo, mirando los charcos o las hojas de los árboles que le recuerdan su patio y ese aire tan familiar redomado en el aliento de la sangre, del amor o el deseo y que ahora sólo el erotismo lo salva con su soledad de tantas otras soledades.

domingo, 31 de octubre de 2010

DESCARNE


Te miro y siento
tus uñas alrededor de mi cabeza,
raspando mi cráneo
hasta hincar en mi cerebro
tu boca: roja como un chirrido;
devolviéndome al cuchillo de la sangre;
al de tus labios hirviéndome el pecho,
amaestrando mis venas dilatadas
hasta ahormar el horror y el deseo
a mis pupilas que palpitan
como alas arrancadas y enloquecidas
en el espejismo del vuelo;
quebradas costillas, invertidos
rompecabezas de sombras
armados en y por los vasos del sexo
que aúllan mutilados hacia ti;
sobre las babas de tu sonrisa
o mi falo encarnado en medio de esta rabia
que desea una hoguera para escaldar su sed.

lunes, 20 de septiembre de 2010

BLANCO


El mediodía en la plaza se me revela como un puño que se abre en hilillos de luna, como un cielo que ha encerrado sus azules en la cerrazón de los labios dejando una pared de humosa nubosidad; desnudez en la cita, blancura en el azar que es arma y escudo, filo herido y heridor.

No, no es agua ni transparencia; su consistencia resiste al tacto aunque acepta sus dentelladas de sal y sangre; su escamado ir y venir entre esa espumosidad de peces, de arena blanca, hondura de la caricia. Llaga que tiene la anchura del deseo y cuya altura de su silencio no es más que la certeza del abismo.

Mi lengua busca la humedad del fuego no su ceniza; el hormiguero que ha prendido la mecha de la sangre y alborotado los colmillos de la piel que con más ahínco buscan lo profundo, excavan en las salivaciones del diablo buscando el eco o las sombras de ese goteo que se atragantan en la punta del falo.

Se agita la arena, tiembla en el cielo la blancura de contornos heridores; la muerte quiere abrirse paso, no puede; su tormenta sólo es una de las danzas del misterio que abre alguna de las interrogaciones tatuadas en la palma del sexo.

Orgasmo que no es fin ni medio, sino un estar deshecho en la carne, mutilado en el instante que es siempre circular y allí radica su belleza, la perfección de lo eterno que siempre se está irguiendo y destruyendo, vida y muerte; tiempo entre el tiempo; pues los relojes han mutilado sus manecillas como un espejo que sufre el rostro de su vampiro.

La luna: plaza; rostro y pestañeo que no puede ceñirse en el espejo, uno sólo, uno piel, uno cal arena, conejo y jaguar. La luna surcada por las codornices del instante.

lunes, 16 de agosto de 2010

HOJAS SUELTAS


Hace unos quince días que estoy obsesionado con los objetos y no he hablado aún del más importante para mí, del libro. El problema que tengo es que es genérico, vamos, no hay una individualización del objeto, es como las medias en unos muslos femeninos, no importa mucho ni el material ni el color –aunque el fetichista que soy me diga lo contrario-, incluso ni siquiera si el modelo es de red o de raya de gis o si son de medio muslo. Bueno, me estoy desviando del tema, lo importante de las medias es la sustancia, las piernas; sucede lo mismo con el sostén, a veces el encaje o la seda salen sobrando. Con los libros el caso es muy parecido; no importa ni las tapas, ni el tipo de hoja —al menos no es lo esencial al comprar un libro—, lo importante es el contenido, el valor literario de la obra.

Por ello me cuesta mucho hablar de este objeto en general, podría mencionar —claro— ciertos poemarios o libros de cuentos que me han llegado: como El manto y la corona de Bonifaz Nuño: “Hasta en mi contra, estoy de parte tuya:/soy tu aliado mejor cuando me hieres.”, o esa edición azul cielo de La realidad y el deseo de Cernuda editada por el FCE: “Y mi vida es ahora un hombre melancólico/sin saber otra cosa que su llanto.” y ni qué decir de ese librito de Borges: Ficciones. Aunque desde este enfoque hablar del objeto dejaría de tener sentido, pues ya se trataría sobre obras y no del libro como realidad concreta. Así que para no complicarme y dejar un poco la mamonería intelectual de lado, hablaré desde lo que soy, desde el fetichista, desde lo accesorio pero vital al comprar una obra literaria.

Para los viciosos de la literatura, o al menos para éste, la primera cosa secundaria después de haber seleccionado la obra que se quiere leer es el tipo de papel; pues no es lo mismo deslizar los dedos y sentir la textura en un papel cebolla, delicado como los senos que por primera vez se redescubren, se sienten en otras manos, en otra boca y en otro olfato; pues hay que tener en cuenta que un buen libro es aquel que se desea ver, tocar y oler.

Pero hay otros tipos de papeles que sin dejar de ser nobles pierden la delicadeza, pues uno siempre gusta de diversos manjares. Pienso en una hoja más resistente, como los dedos empotrados en unas nalgas buscando el alarido de olores más profundos e intensos como la boca en la codicia del sexo; como un grito que al leer se deshaga en la necesidad de la siguiente y la siguiente página con la misma fruición que se degustaron las primeras; como un gemido sí, pero sin desgarrarse del todo. Así deben de ser los papeles para la batalla, bien apretados como unos concupiscentes pantalones de mezclilla o como el botón de una blusa a la altura de los senos que está a punto de estallar, pero sólo a punto. Estas son hojas muy representativas de los libros de la UNAM o el FCE, hojas de guerra, asequibles para la codicia del estudiante, de su olfato, preludio de placeres insospechados.

También hay hojas que uno nunca sabe que esperar de ellas, pues si bien su olor no es como el de las dos primeras, tampoco es desagradable; digamos que el misterio radica más en la calidad de la obra que en el libro mismo. Si lo comparara con una parte del cuerpo serían los ojos más que la boca, pues son una guía; y a veces una mirada muestra más de lo que se pretende esconder. Son libros como esas mujeres musulmanas a quienes se les impone el hiyab, el ocultamiento del cuerpo, pues uno nunca sabe qué esperar al descorrer el velo, al quitar el Burka.

En los ojos se encuentra el principio y el final del camino a recorrer, pues quizá no sea una carne voluptuosa lo que nos espera, mas el placer está allí, latente, pues no es el río lo que importa sino el ímpetu de su corriente; y así tenemos papeles como las ediciones de bolsillo de Alianza o las hojas de los libros de muchos títulos de Anagrama.

Por último hablaré de esos libros esperpénticos que deberían ser abortados o quizá son precisamente eso: abortos; pues más que libros parecen creaturas malformadas hechas para el vituperio y la mofa, pues no hay nada, pero nada que los salve. Son aquellos libros cuyas hojas parecen deshacerse en la mano y ya ni se diga al cambiar de página, pues ésta se destripa al instante.

Lo peor de todo es que son como un lunar peludo al lado del labio que se besa por necesidad; pues el verdadero horror de esas hojas blancas con letras minúsculas y de flatulente supuración —un agravio para todo lector maratónico, un crimen que además no lleva a ningún editor a la cárcel— radica en que por desgracia, al ser yo un hombre de letras, entiéndase: jodido; la mayoría de las veces termino bailando con ellas, las más feas.

miércoles, 11 de agosto de 2010

EL PARAGUAS


Hay días que se definen por un objeto; por ejemplo un anillo, un termo o un paraguas. A veces por todos ellos, pero hay uno entre todos que necesariamente sobresale; en mi caso fue un paraguas; podría ser de cualquier color, y mentiría si dijera que era amarillo, pero no podría definir el día sin ese color pues a pesar de que la mañana-tarde no tuvo el clima más afable, el amarillo de esa sombrilla se imponía sobre la lluvia y sobre la monotonía de un paisaje del todo conocido, dando una claridad que embotaba todo lo que estuviera fuera de su área.

Ciertamente el paraguas ni estuvo abierto todo el santo día para recordarlo de una manera obsesiva, de hecho un anillo o una fotografía parecerían ser elementos más seguros para que mi memoria los eternizara. Pero este objeto siempre tiene algo de intimidad; sí, lo admito, el anillo también pues tiene interacción con la carne y ni qué decir de la fotografía, pues trae hasta una distancia enfermiza a la persona fotografiada pero, por más cerca que la tengamos o sintamos, siempre se impone el trecho entre el objeto, la persona y nosotros.

Bajo la sombrilla los colores cambian, el paisaje pasa por un crisol que en el mejor de los escenarios lo diluye, pues nos protege de él y además —y lo más importante— la temperatura dentro del paraguas es otra. Sí, sí, a eso me refiero, una sombrilla si es compartida vale un hombro empapado pues el otro sino es que todo el brazo y hasta la pulposa mano —si hay suerte— compensa por mucho, infinitamente por mucho cualquier mojada.

Por ello, hoy que vi una multitud de paraguas arremolinándose entorno mío, me quedé buscando uno en particular y un rostro en especial que sabía de antemano imposible de encontrármelos; pero esa cara junto a la mía estaban allí frente a estos ojos y este cuerpo que no son los míos, pues éstos son testigos de aquellos que se veían, que caminaban como un malformado cuerpo que poco a poco se amoldaba a la necesidad que dibujaba la sombrilla alrededor de ellos. Otros son estos ojos que me veían allí, cautivo mas no enjaulado, otro quizá ese tiempo que trastabillaba -afortunadamente- en sus horas.

Por ello la sombrilla no podía ser monótona, no podría ser gris, ni negra, quizá azul, pero sólo quizá; debía de tener su propia personalidad, negando -afortunadamente- una buena parte de la temática impersonal de Magritte y quizá al mismo instante, a ese objeto amarillo, instrumento de mi dicha; pues todo es del color del paraguas y de la persona con que se mira.

martes, 20 de julio de 2010

zapatos chinos


ZAPATOS CHINOS

Parece que últimamente tengo un Karma con el calzado. Por lo regular yo no compro zapatos, prefiero la comodidad sobre todo; pero tengo unos cafés comodísimos, tanto que podrían ser unos tenis disfrazados, y fueron precisamente esos los que desencadenaron los turbios acontecimientos de un viernes.

Ese día llegué al centro con ganas de aplastarme en el café, sin coartada siquiera, simplemente sentarme y perderme en las horas viendo a las posibles mujeres de mi vida. Pero antes, como la mayoría de los viernes, pasé por la esquina donde trabaja el “Chino”, es bolero, aunque nunca me los ha boleado por la sencilla razón de que nunca llevo zapatos, pero ¡malhaya fue la hora! en que yo y mi calzado nos acercamos al cajón del “Chino”.

La primera cosa extraña que noté es que no me miraba a la cara cuando hablábamos, ni siquiera notó un par de chamorros que pasaban airosos por nuestro lado. Recuerdo sus taconcitos negros que eran el complemento justo de esas hermosas pantorrillas, pero el “Chino” no les dedicó ni siquiera la más desganada de las miradas; y eso que se detuvieron un instante frente a los vidrios del edificio más cercano para comprobar su rotundidad, o para que nosotros, simples fetichistas, pudiéramos calentar esas horas en que el frío parece detenerse y llevar todo a un extremo de lentitud y de pereza.

Cuando le pregunté al “Chino” qué le pasaba, me dijo que nada, pero su respuesta estaba desteñida; mi voz era un punto muerto en su atención. De pronto soltó la primera bomba: ­­—¿Y son nuevos? ­­—De ¿qué me hablas pinche “Chino”? ­­—le respondí con toda la propiedad que pude—. —De esos, son de gamucita ¿verdad? -Yo, sinceramente no sabía ni qué responderle y empecé a contestar con puros monosílabos de acuerdo a lo que me preguntaba.

Entonces el “Chino” frotó el asiento de plástico tristísimo, casi ocre como tratando de sacarle una sonrisa, una juventud que quizá jamás tuvo, y él al comprobar algo en el asiento que yo no pude distinguir, me dijo: ­­—Pero siéntate, siéntate, al fin que ahorita no hay ni clientes. -La verdad lo hice sin saber por qué. Era arrastrado por la voz meliflua o de pito —que para el caso es lo mismo­­— del “Chino”, éste se relamió los labios, y con un tono tímido, como el de una damisela que ve por primera vez las vergüenzas del hombre, me dijo: ­­—¿puedo? Y yo, aún con entereza, despabilando mis sentidos que el frío había embotado, le contesté: ­­—No mames pinche “Chino” ya vas a empezar de puto. -Con ello traté de bajar la tensión en el ambiente, pero el “Chino” como volviendo de un ensueño se sacudió el rostro entre sus manos y me dijo: -Qué pasó mi Juancho, si ya sabes a qué me refiero.

Quiero hacer énfasis en que su mirada, ni un mísero segundo se apartó de lo que veía, mis zapatos; su mirada era de esas pesadas, incómodas, fue entonces que sin pensarlo, en un movimiento reflejo, los dedos de mis pies se contrajeron, se enroscaron ante aquellas pupilas medio idiotizadas del “Chino”.

Como mejor pudo explicarse señaló: -Ya sabes a lo que me refiero, a “los gamucitas”. Mira, te juro que no te cobro nada, por la amistá, somos casi carnales, quiubo pinche Juancho.

La verdad yo no podría considerar al “Chino” como tan, tan amigo. Es cierto que hemos tomado algunas veces como dos guerreros y también que hemos sido infatigables mirones de tantas piernas que han pasado por aquel faro que es su estación de trabajo, pero de allí a llamarlo, ya no amigo, ¡sino carnal!, pues hay una gran distancia. Además ¡que no mame! cuando me dijo eso de “los gamucitas” pues sí me paniqué.

El “Chino” viendo que yo permanecía callado ­­—pues cómo no, estaba aún freakeado con su comentario de “los gamucitas”— me mostró sus manos como diciéndome: mira, están bien limpias; y como si eso no fuese suficiente, echó la carrera hacia el café, y cuando yo me preguntaba qué estaría haciendo el pinche “Chino”, él llegó con las manos igual que su sonrisa: orgullosas, prístinas. ­­—Ahora sí, ahora sí hasta jaboncito me eché; huélele, huélele. -Y Yo (sin poderme dar el lujo de responder a tal requerimiento, pues el pinche “Chino” estampó la palma de su mano en mis narices) asentí después de sobarme un poco mis fosas nasales, y un poco nervioso le dije que en efecto olían a jabón y sí, no puedo negarlo, olían a jabón. Él sonrió y entonces: ­­—Ya puedo ¿verdad? -Sin esperar mi respuesta, ya tenía puesto el dedo índice, codicioso, lentísimo sobre mi pie derecho, y yo, pasmado, y para qué mentir, nervioso, volví a retirar mi pie.

No que ya habíamos quedado ­­—me dijo entre triste y molesto­­—. Y yo: ­­—Pero “Chino” si en nada hemos quedado. ­­—De verdad que los sé tratar ­­—me dijo­­—, juro que hasta he boleado zapatos de pura piel de víbora. ­­—Pero no es eso “Chino”, yo la verdad no soy alguien que le guste que le boleén los zapatos. –Pero ¿cómo vas a saber si te gusta o no si nunca lo has probado?, además, mira, juro estrenar este trapito ­­—acto seguido sacó un trapo rojo casi negro como la sangre, de la bolsa trasera de su pantalón, nuevecito; lo desdobló lentamente, como si fuese necesario hacerlo de ese modo para que el pañuelo no perdiera nada de esa calidad y prestigio que dan las cosas nuevas; y al juzgar por los pliegues tan marcados al desdoblar el dichoso trapo, me di cuenta de todo el tiempo que había pasado guardado en el pantalón del “Chino”, —Lo he estado reservando, mira, ni una mancha de grasa, además lo haré suavecito, como si fueran nalguitas de princesa porque yo sí sé tratar a “los gamucita”. ¿Ya viste?, mira cómo brillan desde el primer pasón, como si fueran nuevecitos, hasta el polvo se hará a un lado, ¿ya viste?, ¿ya viste?

—No “Chino”, la neta espérame, no mames. ­­—No te pongas así, es que la neta, ya hablando al chile, están bien bonitos, ¿son hechos a mano verdad? Mira, yo sé de eso, de costuras, de líneas, es más hasta te puedo decir su origen, son españoles qué no, eso lo sé por el puro olor de la piel, el curtido, y el color que es característico de… (Mientras el “Chino” dejaba traslucir todo el conocimiento acumulado por sus años en el oficio, poco a poco el ladino, como si yo no me diera cuenta, fue pasando su índice por los bordes de las costuras de MIS zapatos).

La verdad el “Chino” no lo hacía nada mal. Empezó suavemente, casi con ternura a frotarlos. Mis zapatos son cómodos, se ajustan perfectamente a mis pies, pero juro que mientras el “Chino” los boleaba parecía que en lugar de tocar la piel del calzado tocaba cada uno de mis dedos, los lados de mi pie, el talón, el empeine. Llegó un momento ­­—he de confesar, no sin cierto pudor­­— que me dejé llevar; cerré los ojos y disfruté del mejor masaje que he tenido en mi vida.

No sé cuánto tiempo el infatigable “Chino” estuvo allí con el trapito, pero de pronto ¡qué vuelve a cagarla!: ­­—¿Y si te los quitas? ­­—Ahora sí no mames “Chino” hace un chingo de frío y tú quieres que me quite los zapatos, estás pendejo. ­­ —Mira, así exploto todo el potencial, si los pongo entre mis manos pues serán más manejables, tú sabes, me cae que ni el FECAL tendrá unos zapatos como los tuyos. Anda, lo hago rapidito para que no se te enfríen los pies; ¡es más!, para que no empieces de maricón te presto los míos y listo, y eso que ni calcetas traigo, así, a lo warrior te los boleo. ­­—¡No ma-mes “Chino”!, en primera tu calzas del ocho, y no seas pinche puerco, cómo sin calcetines, te ha de rugir la pata. ­­—Nel, juro que ni me huele, mira… ­­—Pinche asqueroso güey, no mames, no me los voy a quitar y punto, ya ponte tu pinche zapato. ­­—Bueno, al menos puedo seguir dándole otro ratito. ­­—Ay pinche “Chino” no mames, bueno cabrón, pero sólo un ratito porque la neta aún tengo que ir al café. ­­—Ay sí tú, bien pinche literato, no mames si lees todo el día, por un ratito que... ­­—Bueno güey ¿le vas a dar o no?, ultimadamente culero, te estoy haciendo el pinche favor. —No te esponjes Juancho, además te van a quedar que ni pintados.

El “Chino” siguió con su masaje, recorrió cada uno de los bordes con tanta paciencia, con tanto esmero que yo, si me atengo a la verdad, no hubiera querido que terminara nunca. Poco a poco iba desmayando el pie para hacerlo aún más dúctil en sus manos, que no les diré sabias, porque sería alabar demasiado al pinche “Chino”, pero estaban muy cerca, muy cerquita de la sabiduría.

Así continuamos, yo cerré mis ojos y sólo escuchaba la caricia del “Chino” con el trapo, los olores del cuero, de las grasas, de la cera, toda esa plaza sensitiva que antes, y con vergüenza lo digo, jamás le había prestado la suficiente atención.

Esa sensación que tenía en los pies fue embriagándome completamente, humedecí un poco mis labios, mis párpados de pronto se apretaron, mis músculos se tensaron y el “Chino”, el “Chino” infatigable, infatigable en su faena, y yo como en un sueño, vibrando en ese paraíso sensitivo.

Entonces llegó el fatídico momento, tuve que abrir los ojos, el “Chino” contempló su obra, su mejor obra se dijo. Yo tardé un poco en regresar a los vericuetos de la memoria, del mundo. El “Chino” me dijo: —listo, qué te parecen. Lo repitió como tres o cuatro veces, no sé cuántas, la verdad me costó mucho hilvanar cualquier palabra.

Mi mirada se quedó a medio camino de mi cuerpo, aun así dije con la voz más articulada y propia que pude emitir: —Te rifaste “Chino”, nunca había visto unos zapatos tan vergueros. —La verdad yo no hice nada, con unos zapatos así cualquiera puede, bueno, no cualquiera, pero ya sabes, es más fácil dejarlos como nuevos si alguien con algo de experiencia y sensibilidad… porque has de saber que la boleada se debe de sentir, uno siente por dónde hay que empezar, es como acariciar un cuerpo papá, igual tú no entiendas mucho de esto pero…

Yo aún sintiendo el medio camino en que se quedó mi mirada, agradecí que el “Chino” siguiera hablando, pues pude recuperar y apaciguar un poco la compostura, aunque ese momento me pareció eterno pues no le veía para cuándo. Por fin, el “Chino” dijo lo que inevitablemente tenía que decir: —Pos ahora sí, para que no ande diciendo ya puede ir el damito por su café. Aún dudaba en levantarme pero me levanté, vacilante, con las rodillas guangas y con la rapidez que la adrenalina y la vergüenza me permitieron; metí las manos empuñadas entre los bolsillos del pantalón y me fui sin despedirme, sin mirarlo siquiera.

Apreté el paso y en la primera esquina que encontré giré; olvidando el café, tratando de olvidarlo todo, pero las mejillas seguían calientes, de rabia, de rabia y sólo de rabia y más vergüenza, eran como un estigma, como un rasgo que no puede negar el origen étnico, me traicionaban y hacían que odiara cada momento más esos malditos zapatos que me habían hecho pasar tan mal trago.

Apuré lo más que pude el regreso a casa, bajé la mirada, no quería encontrarme de casualidad con nadie, ni ver a nadie, se me hizo tan larga esa hora del centro hacia mi cuarto, que cuando llegué, cerré la puerta con llave, cerré la puerta como el juramento de que nadie, y cuando digo nadie es nadie, volvería a bolear mis zapatos.