martes, 16 de febrero de 2010

APOLOGÍA DEL REGGAETON

Entre más grande es la ciudad más difícil es conocer a alguien, o tener cinco minutos para que la memoria fije un rostro o su propio deseo. Sino fuera por esos espacios donde el ocio se recrea quizá el hombre estaría condenado a la soledad, al onanismo, y por qué no, a la desesperación, a la locura, pues sólo en ella no estamos abandonados, pero al fin y al cabo todo sería un espejismo que tarde o temprano conduciría a la muerte.

La música se creó para la fiesta, para poblar en el silencio la sonoridad de la vida; los rapsodas, los bardos iban cantando las historias de sus pueblos, de sus reyes, de sus dioses y demonios. Nuestras grandes épicas, aquellas memorias colectivas fueron llenando el espacio por medio de esa alada y tornasolada sustancia en las voces de aquellos que podían darles los tonos adecuados a esas historias matizadas por la poesía. La música es una conmemoración que aglutina y nos da certeza y realidad.

Pero ¿Cuál es la finalidad de la música?, ¿exacerbar los sentidos?, ¿calmarlos?, ¿entristecerlos? Quizá no nos es dado saber el fin de la melopea, mas no por ello es imposible ser traspasados por ésta: la música, que atañe tanto a nuestro espíritu como a nuestro cuerpo; que gira en torno al hombre y quizá sólo a él pertenece.

La música clásica tal vez sea, junto al jazz, dos de sus manifestaciones más cerebrales, más excluyentes, pues sobre todo en la música que no es acompañada por la voz, por las palabras, ésta se convierte en líquido abstracto, aire estasiado de color, de tesituras que hacen que el hombre sienta algo, se conmueva y se vuelva símbolo de sí y de lo que escucha. Un adagio vale una lágrima, una juguetona trompetada de Amstrong establece la complicidad, el juego de miradas, la picardía y porqué no, a veces un caos azarosamente estructurado que toca alguna fibra de nuestro ser que nos lleva desde el recuerdo hasta el presagio.

Desgraciadamente esta música intelectual, se quiera o no, pertenece a una cierta élite, aquella que puede acceder a la cultura; el arte siempre será de minorías, es sectario porque requiere espacio y tiempo para el ocio; y en un mundo en que la vida se va en el trabajo de calmar las necesidades fisiológicas, muy difícilmente se puede tener tiempo para alimentar las espirituales. Es por ello que el arte se vulgariza, se hace asequible en detrimento de su inmortalidad; pues el hombre únicamente cuenta con un momento, un pestañeo antes de regresar a la brutalidad de la vida, y es por ello que tanto la música como las demás artes sufren una desfiguración, un menoscabo de sí a favor del ser que le ha dado vida.

Las artes pierden su calidad de arte para empujar al hombre a la crudeza del sentir; no hay espacio para exquisiteces, para paladear como se debe degustar un buen vino, o la gran literatura o la música o la pintura, etc. No hay espacio para que el hombre explore por completo su corporeidad, para que se reconozca y se asuma como tal, como un todo; apenas hay tiempo para la premura, para sintetizar la tristeza, la violencia, la muerte, el deseo, la pasión…

No hay matices posibles, el ritmo debe ser primitivo, digerible y básico, pues tiene que ser socialmente concomitante, debe crear un espacio para el recreo, para el desfogue de la vida diaria, para dejarse ir y caer en la primera capa de un ser que comienza a sentir y ser sentido, y allí encontrar, sin ahondar más, porque nunca hay tiempo, la salida de lo cotidiano. Por ello no puedo hacer una crítica del reggaetón, no debo hacerla, pues en un mundo en que somos un extraño para el otro, en que la vida pesa mucho más que ayer, el incendio del instinto es necesario para que la maquinaria social siga lubricada.

Necesitamos del otro, su piel, un contacto que nos haga ser y nos designe. No hay sociedad sin comunicación y sin metas; el reggaetón es una esperanza de conocer a alguien, quizá por unos minutos estar en el otro y el otro en nosotros y con el otro encontrarnos a nosotros mismos. Es cierto que no hay lugar para la erotización, pues ésta requiere de su tiempo, de todos los sentidos puestos en juego; pero el deseo siempre está presente en el hombre, y el perreo no hace más que acrecentar la rabia de la carne, el relincho del animal que ya llega herido al baile y por ello sus zarpazos son más peligrosos y más desesperados, pues desea existir, sentirse en comunidad, imaginar-se –aunque es una fantasía- amado, deseado, y presentir, quizá muy superficialmente, uno de los muchos pulsos de esa humanidad latente que lo habita y desgraciadamente jamás llegará a conocer del todo. Por ello sería un crimen, una canallada desposeerlo de esas hijas bastardas del arte, que aunque muy parcialmente, le enseñan algo más sobre su ser, o por lo menos le dejan un aroma, un sabor que aunque no logre descifrar, lo hacen ahondar más en sí mismo.

7 comentarios:

  1. No es necesario destrozarse los oídos para acrecentar la rabia de la carne; en todo caso se puede bailar tango.

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  2. Yo sólo quiero comentar y aclararle al escritor, si se le puede llamar así, que su inicio es un plagio casi literal del poeta Brasileño Fernando Ferreira de Loanda y que al menos hubiera tenido la decencia de mentarlo. El inicio para el caso es éste, traduzco para que no haya problemas: "Crece la ciudad y disminuyen los corazones". Perteneciente al poema Elegía de la calle Itau.
    Y prefiero ser un bruto a bailar reggaeton

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  3. Mira a mí se me hace que el colega de arriba es asuexual o porque no puedo entender que no le guste el arrimón; por otro lado el inicio del escrito es muy diferente, allí no dice corazones, es más, si se lee atentamente el texto, cosa que no creo que lo hiciste, dice claramente que el amor es cosa de la imaginación, así, por tanto, lo de corazones no es posible en la lectura y se me hace que no lo pones en portugués porque no sabes leerlo.

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  4. Yo solo quiero decir que te ves muy guapo con barba, ¿vives en el DF? cuándo vamos a bailar?

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  5. mmmm, estoy pensando en hacerme fan del reggaeton.

    LUCIA

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  6. Ja, algo que ver con Platón supongo, pero el titulo fue bueno, después del último que subiste me llamó la atención este por el mero título, estas cabron como sustentas las cosas.

    Óscar L.

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