sábado, 19 de junio de 2010

EL ECO DEL CAIFÁN


Es cierto que Los Caifanes no propone nada nuevo. Cuántos films hay basados en el conflicto de: nosotros los pobres ustedes los ricos; o de los motivos del pícaro. Sin embargo, no es el tema, quizá para mí ni siquiera el tratamiento de éste importe mucho, sino la sensación de pertenencia, de nostalgia y de tragedia que me produce la película es lo que me ha hecho verla tantas veces.

La historia tiene una estructura similar a la de La Divina comedia, siendo “El gato” el Virgilio que va mostrando a estos dos burgueses los círculos de su infierno, de esa ciudad que no es de estos porque al desconocerla la niegan, pero “El gato” al irlos guiando les muestra no sólo ese incendio sino una parte de ellos que desconocían; la poesía en el caos, representada por tantos versos de Lope, de Manrique, de Martí y de algunos más que hablan sobre todo de la soledad, del ser desarraigado, de la muerte, del estar solo ante ella como diría algún filósofo del que he perdido su nombre.

Libertad lírica y expresiva, vuelo festivo con que revisten su lenguaje estos personajes marginales, lleno de connotaciones, de doble sentido, pero sobre todo de color que es también un plantarle cara a esa sociedad burguesa, a su léxico, a su manera de hablar y con ello de pensar y ver el mundo.

Los caifanes nada tienen que perder y por ello todo lo pueden, sólo ellos tienen el lujo de valentonarse ante cualquiera, incluso ante la muerte, porque nada tienen, sólo el presente, ese instante que apenas lo tocan ha fenecido.

Estos personajes abren las puertas de lo desconocido, de lo que está latente, de esos gustos viciados, inmorales, pues el goce físico y espiritual carece de toda moralidad, pero es el más humano y a la vez el más animal pues es inmediato, instintivo porque no responde a reglas ni mandatos ni a leyes, sino a pulsiones, a estar fuera del mundo pero dentro de él por la gracia del otro, de su piel, pues como dice el “Mazacote”: “Denme piel que soy pura alma”

Esas escenas nocturnas de la ciudad: el centro y su zócalo; reforma y su calzonuda Diana; son no sólo representaciones del espacio sino personajes de la misma historia, personajes de piedra y hierro que se tragan a los de carne y hueso, que los escupen y van machacando su fisonomía, su manera de pensar; no es lo mismo una fiesta en el pedregal que en el cabaret “Géminis”; tampoco es la misma la Diana calzonuda que sin calzones.

Por ello los lugares tras la mirada y la palabra de los personajes que los habitan son otros, es una radiografía distinta, inimaginable, casi surrealista: diablos, prostitutas monstruosas, mendigos, ciegos, payasos desmaquillados, borrachos que parecen haber nacido ya con la barba deshilachada. Todos ellos personajes de lo grotesco, del carnaval y por ello -y con derecho- sólo del pueblo, de los outsiders a los que pertenecen esos cuatro caifanes; los que todo lo pueden, pues no están regidos por normas o por leyes, sino por la imaginación, por la picardía que la vida les ha exigido tener para ir “pasándola”, porque no tienen futuro posible, como dice “el Estilos”: “El mañana ¿qué es eso?”.

En fondas, en cabarets de barrio, en las vecindades, en las calles de la ciudad de México es donde la risa estalla como un cohete prendido por descuido, pero también se carcajea su otra cara, le explota en la mano el cohetón al caifán más vivo pues la muerte siempre es una salva de coqueteo, un albur, una prostituta montada en una carrosa fúnebre.

Esos cuatro -“el Gato”, “el Mazacote”, “el Estilos”, “el Azteca”- son ciertamente una imagen sensiblera del pobre orgulloso, del que es más que el rico porque es noble aunque marrullero, despilfarrador cuando tiene y encajoso cuando no. Pero también son, no el crisol, sino el ideal del pelado, pues dinero nunca tendrán, pero sí pueden llegar a poseer y muchas veces lo poseén el ingenio que ostentan estos cuatro para irla “pasando”, es a lo que aspira un hombre relegado, la única forma de sobrevivir en los laberintos fantasmales de la urbe.

Los caifanes me recuerda esos momentos en que aprendía a valerme y hacerme valer –o al menos eso creía- pero no sólo es un desliz de la memoria, ni una flaqueza sentimental de mis años mozos, de cuando el cuerpo no me dolía nada y podía despilfarrar la vida que al fin y al cabo tenía tanta y muy larga me la habían fiado; sino que ahora, al volver a verla, pienso que todas esas empresas que realicé carecían de heroísmo, era sólo temeridad, una valentonada de mil máscaras sin encontrar jamás algún rostro verdadero, exceptuando el de la fraternidad, el de aquellos que estaban allí para caer a lo más hondo por el otro, y tratar siempre de salir juntos al hoy, al instante porque nunca había nada más, ni se quería nada más.

También la película me recuerda ese querer explorar mis límites; pues sólo en la locura, en el furor, en la indecencia se puede hallar al otro que nos habita, a nuestro mister Hyde, y con ello poder confrontar a nuestros demonios, aunque esos actos puedan, ya sea, salvarnos o perdernos para siempre como tantos se han perdido y se han quedado allí, quebrados, mutilados en los límites de sus deseos porque no quisieron escuchar esa voz que les susurraba que el término del plazo se había por fin cumplido.

5 comentarios:

  1. Pero no era el mazacote quien dijo "denme piel que soy pura alma" fue el azteca

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  2. Muchas gracias por la aclaración, eso quiere decir que nunca crean nada de lo que escribo jejejeje. =) Saludos.

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  3. yo por eso no me confío menso jeje

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  4. Me encantó tu análisis, totalmente de acuerdo. Saludos!

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  5. Gracias por tomar tu tiempo en leerlo. Igualmente saludos.

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